Ekona

El tortuoso camino de la desturistificación

22 Oct 2024

En los últimos meses, los movimientos vecinales de diferentes puntos del país han traído al debate público la necesidad de replantear de forma estructural el sector turístico en sus zonas. Advierten de que en estos lugares (y quizás en otros también) se ha superado la capacidad de carga debido al incesante crecimiento de la actividad turística y sus consecuencias. Entre ellas se encuentran el deterioro ambiental y el aumento de la contaminación, las aglomeraciones frecuentes y en algunos casos peligrosas, el empeoramiento de servicios públicos como el transporte, el encarecimiento de la vida común, el desplazamiento de la población local, las dificultades que las personas trabajadoras encuentran para vivir relativamente cerca de su lugar de trabajo cotidiano, la especulación con la vivienda, y la pérdida de la identidad cultural local.

La inercia del monocultivo turístico

Aunque quizás para el gran público se trata de una novedad, se lleva alertando de este problema desde diferentes colectivos y agentes sociales desde hace años gracias a los datos recogidos en otros emplazamientos donde el proceso de turistificación ha avanzado con anterioridad. Debido a estos datos y a las reflexiones, análisis y publicaciones desde las ciencias sociales, algunos responsables políticos han intentado aportar soluciones desde el ámbito de la política pública para evitar los efectos más graves del monocultivo turístico y, en algunos casos, para intentar revertirlo, con resultados dispares.

Es necesario reconocer en primer lugar, que los incentivos que tienen los y las responsables políticos no son especialmente favorables para llevar a cabo esta tarea. Pues, a pesar del mandato institucional que deben cumplir en cuanto a representar los intereses de su población, y a pesar de las protestas sociales habidas en sus diferentes formas, parecen tener más peso los  factores significativos que incentivan en sentido contrario. Como resultado vemos que la tendencia general es permanecer de la misma manera que hasta el momento, es decir, no hacer nada que altere el mecanismo turistificador.

Se podría decir que el mayor incentivo para que nada cambie es que los cambios en general, y este en particular, conllevan un gran desgaste y son complejos. Esto es debido a las inercias, a las dificultades técnicas y a las relaciones de poder establecidas. Entre las dificultades técnicas se podría destacar una que, pese a su importancia, a menudo se obvia, que es la imposibilidad de sustituir el monocultivo turístico por otra actividad (o actividades) manteniendo los principales indicadores en términos similares.

Al igual que cualquier otra actividad depredadora el turismo extrae “activos” (playas y otros espacios naturales, monumentos, clima, arquitectura, población formada y cuidada, infraestructuras públicas, etc.) de manera gratuita y los procesa generando retorno económico (que en muchos casos no revierte en la zona, ni siquiera a su clase capitalista) y externalidades generalmente negativas (como las enumeradas al principio del texto: deterioro ambiental y aumento de la contaminación, aglomeraciones, empeoramiento de servicios públicos, encarecimiento de la vida común, desplazamiento de la población local, dificultades que las personas trabajadoras encuentran para vivir cerca de su lugar de trabajo cotidiano, especulación con la vivienda, pérdida de la identidad cultural local).

Además, cuando se llega a la fase en la que se ha consolidado el monocultivo de una actividad como ésta, se han dinamitado demasiados puentes para volver a considerarla una actividad más dentro de un abanico de actividades económicas que desarrollar. El proceso turistificador avanza alcanzando la fase de monocultivo socioeconómico y, una vez allí, sigue avanzando en su depredación del entorno y la sociedad sobre los que se asienta.

Entre los indicadores que tienden a señalar de manera inequívoca que el monocultivo turístico se ha establecido se encuentran los siguientes: la población censada disminuye; la renta familiar disponible aumenta debido a la expulsión de las clases menos pudientes por la subida de precios generalizada y de la vivienda en particular; la superficie dedicada al turismo y a la hostelería aumenta en relación a otras actividades económicas, como la industria y la educación; la saturación de este tipo de actividad avanza colonizando cada vez más zonas de la ciudad; la proliferación de viviendas para uso turístico se extiende exponencialmente ante la ausencia de mecanismos de control efectivos; los comercios comúnmente dirigidos a la población local, como los de alimentación, viran su oferta hacia el turista, desapareciendo los de productos frescos como pescaderías, carnicerías y fruterías.

Además, se comienzan a detectar fenómenos incomprensibles a simple vista, como el cierre de comercios (bajada de persiana) en las zonas más masificadas o sus alrededores porque se utilizan como almacén de otros locales (de hostelería, fundamentalmente) cuya actividad no puede desarrollarse de la manera deseada debido a la gran demanda a la que se les somete y sus necesidades de rotación de producto. Esto conlleva también el crecimiento de la sensación de inseguridad y/o riesgo en dichas zonas.

En estas condiciones, un retorno económico de las mismas características sin incurrir en graves externalidades no es posible. Es decir, sustituir esta actividad de monocultivo por otra solamente se podría hacer asumiendo la misma (o mayor) cantidad de externalidades negativas. Las externalidades negativas podrían encontrarse en dos grandes grupos: las que quedan fuera de la legalidad, o aquellas que pusieran en riesgo grave la propia supervivencia del negocio en el corto plazo (como las de carácter ambiental o social que interrumpiesen considerablemente el flujo de capital).

De hecho, en buena parte la expansión de este monocultivo procede de la percepción de que éste tiene mayor rentabilidad que el resto de actividades y es legítimo ofrecer facilidades a su desarrollo. Los mecanismos que facilitan su desarrollo por encima de otras opciones socioeconómicas también forman parte de la propia estructura institucional (pública y privada) del monocultivo turístico, lo cual aumenta la percepción de su gran rentabilidad y de la no necesidad de otras actividades no relacionadas con él.

Por lo tanto, cuanto más avanza el proceso de profundización del monocultivo, más crece la imposibilidad de sustituirlo por otra actividad sostenible en términos económicos, ambientales y sociales. Por una parte, el imaginario colectivo e institucional se aleja cada vez más de esa posibilidad. Y por otra parte, en términos materiales, la inclusión creciente de elementos que atentan contra el medio ambiente y los derechos y las condiciones sociales, consustancial al monocultivo turístico, convierte en imposible que exista otra actividad que, cumpliendo las reglas socioambientales, pueda generar rentabilidades monetarias similares. Dicha opción queda descartada de la acción política.

Además, un incentivo tremendamente perverso que tienen los responsables políticos para no promover cambios al respecto. La perversión radica en que la población local vulnerable a la expulsión de su barrio, y de la ciudad, en última instancia, puede desaparecer del censo electoral y, por tanto, del ejercicio de la crítica de dichas actuaciones a través del voto. En consecuencia, su expulsión supone también la desaparición de una parte de la oposición a este tipo de políticas de monocultivo turístico. De esta manera, en el instante en el que esa población local vulnerable deje de formar parte del censo porque es expulsada no tendrán la posibilidad de hacerlo y los responsables políticos solamente tendrán que rendir cuentas ante una población minoritaria (que ejerza el voto) a la que ha favorecido en el proceso.

Pero no es el único incentivo perverso que favorece la inacción de los responsables políticos. Otro de ellos consiste en que algunos de los indicadores socioeconómicos de la ciudad podrían mostrar una evolución no favorable según los estándares convencionales. Ya se ha mencionado previamente que la renta familiar disponible aumenta con la expansión del monocultivo turístico debido a la expulsión de la población con menos recursos y su sustitución (en algunos casos) por población con más recursos. Los datos de inversión externa en la ciudad también suelen aumentar con la expansión del monocultivo turístico (junto con la especulación y la extracción de recursos). En algunos casos incluso puede aumentar la recaudación de algunos impuestos y tasas municipales vinculados a actividades específicas del monocultivo turístico.

En lo que respecta a los puentes que se han dinamitado para dejar paso al monocultivo turístico, se detecta otro gran incentivo para la inacción institucional. Los diferentes elementos que constituían (o podían constituir) una estructura socioeconómica diferente, no dependiente de monocultivos de ningún tipo, están ausentes. La formación, el personal, la financiación, la cultura y el concepto de una rentabilidad adecuada han desaparecido. Por una parte, las instituciones, los mecanismos y los dispositivos de formación en otras disciplinas distintas al turismo se han visto significativamente mermadas, cuando no desaparecidas. Esto se complementa con la falta de demanda de este tipo de actividades de formación.

Todo ello da lugar a una cultura en la que el imaginario ha ido desechando visiones alternativas de futuro en el que quepan actividades diferentes al turismo. En el caso de que se optase por poner en marcha otras actividades no turísticas sería necesario “importar” personal suficientemente cualificado para desarrollarlas. Las instituciones y los mecanismos financieros están especializados en el turismo y no dejan espacio a otras actividades más “productivas”, como la industria.

Por otra parte, en el ámbito de los efectos estructurales, un fenómeno especialmente grave asociado a la expansión del monocultivo turístico es la interrupción de los circuitos de redistribución de la riqueza al disminuir las clases populares y comenzar a “perder el sentido” el concepto de redistribución en sí mismo debido a la desaparición del sujeto (de derechos) al que se dirige este mecanismo. Esto no solamente afecta a la población de la ciudad en cuestión sino también a las comunidades adyacentes, tanto a las Comunidades Autónomas como al propio Estado. La desaparición del concepto de redistribución de la riqueza en los lugares percibidos socialmente con mayor rentabilidad económica puede conducir a un debilitamiento de las bases de la sociedad, en términos políticos y también económicos. El espejismo de identificar la mayor rentabilidad económica con la ausencia de redistribución puede llegar a salir muy caro.

Todo este cóctel de factores constituye una barrera importante a la acción institucional. Los responsables políticos se enfrentan a un entramado de incentivos que condenan a la inacción, a permitir que la inercia turistificadora siga su curso. En el caso excepcional de que decidan modificar ese curso, el proceso que deben desarrollar implica cambio (y sus resistencias asociadas), acción y trabajo.

Una vez vencida la ilusión de la sustitución del monocultivo turístico por otra actividad, comienza el ejercicio de la política pública real, la que vela por los intereses de la sociedad a la que representa (y de sus generaciones venideras) a través del contrato institucional general y de los programas de gobierno concretos. A grandes rasgos, se podría decir que la generación de una alternativa al monocultivo turístico en las ciudades engloba diferentes dimensiones relacionadas con la acción de la política pública, entre las que se encuentran, al menos, las siguientes:

Garantizar derechos

El objetivo de las actuaciones vinculadas a la garantía de derechos es sostener las condiciones de vida de las personas que viven en la ciudad dentro de los márgenes de la dignidad como condición de posibilidad de supervivencia de su integridad social y económica. La capacidad de ejercer la libertad depende en buena medida de esta garantía.

Nuevos motores de actividad con retorno social

Cada lugar tiene sus realidades y peculiaridades, con lo cual para escapar del monocultivo turístico es necesario identificar los posibles motores de la actividad socioeconómica que pueden contribuir a la sostenibilidad de la vida, incidiendo en el impulso de los valores y los potenciales locales.

Las líneas estratégicas se deben definir en torno a generar nuevas oportunidades y actividades que contribuyan a promover los valores y potenciales locales como manera de garantizar la resiliencia y la diversificación, asegurar trabajo de calidad y generar un ecosistema social más equilibrado que pueda convivir saludablemente.

El nuevo modelo de desarrollo propuesto, además de ser un cambio de tipo de actividad y de introducir una presencia más grande de otras actividades pertenecientes incluso a diferentes sectores económicos, también implica una modificación de las estructuras socioeconómicas y de la manera que se mide su contribución al desarrollo local.

En este sentido, las novedades del nuevo modelo están relacionadas con el carácter local del desarrollo y con su retorno social. Esto implica que el sistema de medida utilizado convencionalmente (PIB) debe sustituirse por otro, ya que no considera ni qué parte de la riqueza revierte en la población local ni qué tipo de retorno llega a la población y de qué manera. El nuevo sistema de medida de impacto de las estructuras socioeconómicas basado en el retorno social permite no solo medir el impacto socioeconómico de las novedades ex-post sino, fundamentalmente, ex-ante. Un sistema que pueda medir el impacto ex-ante, en las dimensiones ambiental, social y de gobernanza, no solo es un sistema de evaluación sino que también es un sistema de incentivación.

Herramientas de consolidación de los cambios

La sostenibilidad en el tiempo del nuevo modelo depende de la detección de aquellas herramientas que permitan consolidar las mejoras realizadas en el sistema socioeconómico como consecuencia de las propuestas elaboradas en cada caso, evitando de este modo el retorno a dinámicas y procesos perniciosos que hipotequen el futuro de la convivencia y la sostenibilidad de las condiciones de vida en la ciudad.

Con el objetivo de crear las condiciones más adecuadas para el desarrollo de los cambios y de las medidas que impidan la vuelta atrás se pueden distinguir dos vías:

§ Fortalecer la convivencia

§ Aplicar mecanismos normativos

Comunicación y participación

A partir de una reflexión sobre la necesidad de evolucionar la imagen y el relato que se explica la ciudad a sí misma, en diálogo con vecinos y vecinas, se debe generar un tipo de comunicación que incluya también el relato que se explica hacia el exterior para hacerlo coherente con las necesidades de sostenibilidad a partir de los nuevos planes de desarrollo y convivencia.

Redefinición del espacio público

El deterioro provocado por el monocultivo turístico en la definición y uso del espacio público obliga a un nuevo modelo a promover e impulsar las medidas necesarias para favorecer un uso del espacio público que permita la convivencia de la diversidad y la consolidación de las nuevas herramientas de desarrollo (entre las cuales deben incluirse mecanismos de participación ciudadana en la toma de decisiones), así como el fortalecimiento de las relaciones sociales que conforman el tejido de la ciudad.

Detener procesos ilegítimos

Para evitar obstáculos relacionados con la coacción y otros mecanismos antidemocráticos es necesario resaltar la necesidad de desarrollar y aplicar con rigor las herramientas y medidas que permitan a la sociedad vivir en armonía y seguridad. La estrategia para parar los procesos ilegítimos se basa en dos grandes líneas de acción:

§ Reforzar las medidas que fomentan la convivencia

§ Aumentar los recursos para combatir las actividades ilícitas.

Procesos de concertación

La consolidación y sostenibilidad del nuevo modelo depende también de la promoción de los procesos, las dinámicas y los actores de la ciudad que pueden contribuir a concertar las soluciones y respuestas a los retos que plantea la crisis actual.

P. Cotarelo

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Reconocimiento por la labor sobre la DANA

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La necesidad de una Plataforma Nacional para la Reducción del Riesgo de Desastres

En un contexto marcado por el cambio climático y por una creciente exposición social, económica y ambiental al riesgo, la reducción del riesgo de desastres (RRD) se ha convertido en una prioridad estratégica. Ya no hablamos solo de emergencias puntuales, sino de un fenómeno estructural que condiciona la seguridad humana, la estabilidad económica y la sostenibilidad. Los desastres, cada vez más frecuentes y complejos, son el síntoma visible de un sistema que necesita anticipación, cooperación y conocimiento compartido. En este sentido, el Marco de Sendai para la Reducción del Riesgo de Desastres 2015-2030 fue adoptado por los Estados Miembros de la ONU el 18 de marzo de 2015 en la Tercera Conferencia Mundial de las Naciones Unidas sobre la Reducción del Riesgo de Desastres en la ciudad japonesa de Sendai, Prefectura de Miyagi. Este marco tiene como objetivo general lograr la reducción sustancial del riesgo y de las pérdidas por desastres en vidas, medios de vida y salud, así como en los activos económicos, físicos, sociales, culturales y ambientales de personas, empresas, comunidades y países durante los próximos años. Sus Metas específicas son las siguientes: Plataformas para la Reducción de Riesgos de Desastres La Plataforma Global es un foro para el intercambio de información, la realización de debates sobre los últimos acontecimientos, la socialización de conocimiento y el establecimiento de alianzas entre los distintos sectores, con el propósito de aumentar la implementación de la reducción del riesgo de desastres mediante una mejor comunicación y coordinación entre los distintos grupos interesados. Esta plataforma permite que los gobiernos, las ONG, los científicos, los profesionales en distintos campos y las organizaciones de las Naciones Unidas compartan experiencias y acuerden lineamientos estratégicos para la aplicación del Marco de Sendai. Las Plataformas Regionales son foros multisectoriales que reflejan el compromiso de los gobiernos para mejorar la coordinación y la realización de actividades para la reducción del riesgo de desastres, mientras establece nexos con iniciativas nacionales e internacionales. Asimismo, la Oficina de las Naciones Unidas para la Reducción del Riesgo de Desastres (UNDRR) fomenta el establecimiento de mecanismos de coordinación multisectorial para la RRD, tales como las Plataformas Nacionales para la Reducción del Riesgo de Desastres, a fin de destacar la relevancia, el valor agregado y la rentabilidad de un enfoque coherente y coordinado para la reducción del riesgo de desastres en el ámbito nacional. En España, la creación de esta Plataforma Nacional no partiría de cero ya que existe el Plan Nacional de Reducción de Riesgos de Desastres. Este plan, que forma parte del Sistema Nacional de Protección Civil, ya establece la arquitectura estratégica necesaria para, o bien utilizarla directamente como el espacio desde el que dirigir las investigaciones y acciones en materia de RRD, o bien como un modelo inspirador para crear un órgano ad hoc específicamente dedicado a esta misión. La urgencia de crear esta Plataforma Anticipar el riesgo es hoy una cuestión de responsabilidad pública y colectiva. La creciente frecuencia de fenómenos extremos, la exposición de infraestructuras críticas y la desigualdad en la capacidad de respuesta exigen una estructura estable de coordinación que funcione de manera permanente y transversal. Solo una visión integrada, que combine ciencia, planificación territorial y cooperación institucional, puede ofrecer una respuesta coherente a los desafíos de esta nueva realidad. La creación de esta Plataforma es una necesidad estratégica. La justificación se basa en dos pilares interconectados: 1.  La nueva realidad de los desastres: la complejidad, intensidad y frecuencia de algunos desastres están aumentando debido, con mucha frecuencia, al cambio climático. Los fenómenos meteorológicos extremos, cada vez más vinculados a este fenómeno, no entienden de fronteras administrativas ni de competencias sectoriales. Los desastres actuales no son eventos aislados, sino crisis encadenadas e interconectadas. Un incendio forestal no es solo un problema para los bomberos; afecta a la biodiversidad, a la calidad del aire, a la salud pública, a la economía local y a las infraestructuras. Entender esta red de interdependencias es la clave para anticipar y reducir los impactos antes de que se transformen en catástrofes. Gestionarlo de forma efectiva requiere de una visión integral que solo puede lograrse con una coordinación multisectorial permanente. 2.  La coherencia y la eficiencia: actuar de forma aislada y fragmentada es ineficiente y costoso. Una Plataforma Nacional permite un enfoque coherente y coordinado. Esto significa: – Evitar duplicidades entre diferentes administraciones. – Compartir información: crear un flujo de datos e inteligencia sobre riesgos que beneficie a todos los actores implicados. – Optimizar recursos: invertir de forma más inteligente en prevención, preparación y respuesta, obteniendo un mayor retorno en seguridad para la ciudadanía. – Dar relevancia: elevar la reducción del riesgo de desastres a la máxima prioridad política, reconociendo su valor crucial para el desarrollo sostenible del país. Hacia una Cultura de la Prevención El verdadero valor de una Plataforma Nacional para la RRD va más allá de la gestión de la emergencia cuando el desastre ya ha ocurrido. Su misión más importante es fomentar una cultura de la prevención. En lugar de limitarnos a ser reactivos —a esperar a que ocurra lo peor para actuar—, esta Plataforma permitiría un trabajo proactivo que permitiría identificar los riesgos antes de que se materialicen, de fortalecer las infraestructuras críticas, de educar a la población, de planificar el uso del territorio de forma más segura y de asegurar que nuestros sistemas de alerta temprana sean lo más robustos posibles. Fomentar la cultura de la prevención es también fomentar la equidad. Los desastres afectan con mayor dureza a las comunidades más vulnerables (quienes viven en viviendas precarias, en zonas de riesgo o con menos acceso a la información). Una Plataforma Nacional puede convertirse en un instrumento para fortalecer la justicia territorial y social, garantizando que nadie quede atrás ante los impactos climáticos y ambientales. Al estar anclada en estructuras ya existentes como las derivadas del Plan Nacional de Reducción de Riesgos de Desastres, y con el respaldo del Consejo Nacional de Protección Civil, la Plataforma tendría la autoridad y la capacidad para impulsar este cambio de mentalidad,
Opinión

Gobernar la ciudad más allá de la ciudad

Las grandes áreas urbanas del siglo XXI ya no caben dentro de los límites de sus municipios. La expansión de las ciudades, la movilidad diaria entre localidades y los retos compartidos —desde la vivienda hasta el cambio climático— exigen una gobernanza metropolitana, capaz de coordinar decisiones que afectan a millones de personas y a territorios interconectados. Pensar en una escala metropolitana Las ciudades actuales funcionan como redes vivas. Las personas residen en un municipio, trabajan en otro, consumen recursos que vienen de un tercero y generan impactos ambientales que se extienden mucho más allá de sus fronteras administrativas. En este contexto, los problemas urbanos —movilidad, contaminación, vivienda, gestión del agua o residuos— ya no pueden resolverse de forma aislada. Por otro lado, el cambio climático agrava esta situación. Las emergencias asociadas a fenómenos extremos, como las DANA (depresiones aisladas en niveles altos) que afectan recurrentemente al Mediterráneo, o los incendios, revelan las limitaciones de la gestión fragmentada. Cuando cada ayuntamiento actúa por su cuenta, se ralentiza la respuesta y se pierden recursos valiosos. La gestión de riesgos climáticos, como inundaciones, olas de calor o incendios forestales, exige una visión que trascienda los límites municipales y aborde los fenómenos a escala territorial. Las decisiones sobre urbanización, infraestructuras o usos del suelo en un municipio pueden tener efectos directos sobre los territorios vecinos. Una planificación metropolitana permite delimitar los usos del suelo con una visión amplia, garantizar una proporción adecuada de superficies permeables e infraestructuras capaces de absorber y retener el agua, asegurar espacios de laminación y drenaje, y revisar infraestructuras supramunicipales que pueden actuar como barreras o trampas de avenidas. Al mismo tiempo, esta escala de gestión facilita coordinar la disponibilidad de refugios climáticos de distinta tipología, organizar redes de centros sanitarios y logísticos para atender a población desplazada, y prever espacios de acopio y distribución de ayuda en emergencias de gran escala. Esta mirada integral amplía el foco de la gestión del territorio y permite responder con mayor eficacia y equidad ante la complejidad de los riesgos contemporáneos. Un órgano metropolitano ofrece un marco institucional común para coordinar políticas, compartir infraestructuras, optimizar servicios y anticipar riesgos climáticos, orientado a gobernar el territorio real, y no solo el nivel administrativo. Barcelona como referencia: una gestión integrada El Área Metropolitana de Barcelona (AMB) es el ejemplo más avanzado de este tipo de gobernanza en España. Agrupa a 36 municipios y gestiona competencias amplias que van desde el urbanismo hasta la movilidad, la vivienda, el medio ambiente o el desarrollo económico. Algunas de sus áreas clave son las siguientes: • Ordenación del territorio y urbanismo: planifica el crecimiento urbano con criterios de sostenibilidad, equilibrio social y eficiencia territorial. • Transporte y movilidad: coordina autobuses, metro y redes metropolitanas, fomentando la intermodalidad y la reducción de emisiones. • Medio ambiente y sostenibilidad: gestiona el ciclo del agua, los residuos y programas de protección ambiental y biodiversidad, incluyendo un plan metropolitano de lucha contra el cambio climático. • Energías renovables: impulsa instalaciones sostenibles y apoya la transición energética de los municipios. • Vivienda y cohesión social: actúa por delegación de los ayuntamientos para garantizar una política de suelo solidaria entre municipios. • Desarrollo económico y empleo: fomenta la innovación, la creación de empresas y la competitividad regional. Este modelo demuestra que la cooperación institucional amplía la capacidad de acción frente a desafíos que ningún municipio puede resolver por sí solo, aunque la capital sea tan importante como Barcelona. Una oportunidad por aprovechar frente a los desafíos actuales El contraste entre AMB y las mancomunidades de municipios que existen muestra cómo un órgano metropolitano integra la planificación estratégica y coordina los recursos, mientras que las mancomunidades actuales se limitan a la gestión de servicios puntuales, lo cual no alcanza la escala estratégica necesaria para abordar los grandes retos urbanos y ambientales de la región que abarcan. Ciudades como Valencia y su entorno forman una de las áreas metropolitanas más dinámicas del Mediterráneo, con un metabolismo social integrado: los flujos de personas, recursos, energía y residuos circulan diariamente entre municipios. Pero carece de un órgano político capaz de coordinar ese metabolismo y transformarlo hacia la sostenibilidad. Algo similar sucede en otras áreas metropolitanas, que existen en la realidad socioeconómica pero no en la administrativa. Crear un ente metropolitano de gestión —con competencias claras en movilidad, vivienda, planificación territorial y adaptación climática— permitiría mejorar la eficiencia institucional, reducir duplicidades y anticipar riesgos ambientales como los derivados del cambio climático. Adaptación al cambio climático: una visión integrada La creación de órganos metropolitanos no es solo una cuestión de gobernanza, sino una estrategia de adaptación climática. Las aglomeraciones urbanas concentran población, infraestructuras críticas y emisiones, pero también concentran capacidad de innovación y de acción colectiva. Un sistema metropolitano bien diseñado puede: • Coordinar planes de emergencia y protección civil ante fenómenos extremos, integrando la gestión de riesgos climáticos (inundaciones, olas de calor e incendios…) mediante infraestructuras de refugio, sistemas de alerta temprana y redes supramunicipales de asistencia y apoyo. • Gestionar el ciclo del agua y los residuos de forma integrada. • Reducir las emisiones mediante transporte público y energía limpia. • Planificar la expansión urbana evitando zonas de riesgo climático. • Impulsar la resiliencia económica y social, garantizando igualdad territorial. En definitiva, permite pasar de la reacción a la prevención estratégica, con decisiones basadas en datos y cooperación, y a la cultura de la resiliencia, con estructuras y mecanismos diseñados para garantizar la capacidad de resistir. P. Cotarelo y O. Mayoral