Ekona

Hacia el reconocimiento del derecho a un medio ambiente sano

10 Feb 2025

Vivimos tiempos de transformación profunda. Mientras los efectos del cambio climático se hacen cada vez más palpables en nuestro día a día – desde olas de calor más intensas hasta fenómenos meteorológicos extremos –, una transformación silenciosa está teniendo lugar en el ámbito del derecho que busca responder a la pregunta fundamental sobre si tenemos derecho a un medio ambiente sano.

La respuesta afirmativa a esta cuestión ha puesto en marcha un movimiento jurídico y político internacional que está redefiniendo las obligaciones de los Estados y los derechos de la ciudadanía.

La emergencia climática como cuestión de Derechos Humanos

Tradicionalmente, se ha conceptualizado el cambio climático como un problema ambiental, energético o económico. Sin embargo, esta perspectiva se está quedando corta. La crisis climática es, ante todo, una crisis de derechos humanos, y la percepción social sobre ella se acerca progresivamente a esta interpretación.

Porque un entorno y un clima estables constituyen la base sobre la que se sostienen todos los demás derechos. Sin ello, el derecho a la salud se ve comprometido por las enfermedades propagadas por el calor o la contaminación; el derecho a la vivienda, amenazado por los desalojos forzosos tras una inundación; el derecho a la vida, en riesgo por la violencia de los fenómenos meteorológicos extremos; el derecho a la alimentación, asediado por las sequías que arrasan los cultivos; y el derecho a la igualdad, en estado crítico porque son los más vulnerables – las personas empobrecidas, las personas mayores, los pueblos indígenas – quienes sufren de manera desproporcionada los efectos de un clima inestable.

La comunidad científica lleva tiempo señalando que la degradación de los ecosistemas, la deforestación y la pérdida de biodiversidad tienen consecuencias directas sobre la salud humana, al alterar los equilibrios ecológicos que nos sostienen. No se trata solo de evitar los daños que recaen sobre nosotros, sino de comprender que formamos parte del mismo sistema vivo. Esta comprensión desafía el paradigma antropocéntrico tradicional, que ha situado históricamente a la humanidad por encima del resto de la naturaleza.

Esta visión integral, respaldada por el enfoque de Una Sola Salud, impulsada por la Organización Mundial de la Salud (OMS) y por la comunidad científica, nos recuerda que la salud humana, la salud animal y la salud de los ecosistemas están íntimamente interrelacionadas, y refuerza la necesidad de políticas que reconozcan la continuidad entre la salud humana, la salud de los ecosistemas y el derecho a un entorno sano.

La investigación y la ciencia han trabajado las últimas décadas para comprobar esta conexión entre el cambio climático y la vulneración de derechos a través de sus impactos. El siguiente paso para la protección de dichos derechos corresponde al ámbito jurídico, que deberá traducir este reto en derechos exigibles y obligaciones concretas. Es en este punto donde la Opinión Consultiva OC-32/25 de la Corte Interamericana de Derechos Humanos (IDH) marca un antes y un después.

El dictamen de la Corte IDH: un nuevo paradigma legal

En mayo de 2025, a petición de Chile y Colombia, la Corte IDH se pronunció sobre las obligaciones de los Estados en el marco de la Emergencia Climática. Su opinión no es una mera recomendación; es una hoja de ruta jurídica detallada y vinculante para los países que forman parte del sistema interamericano.

La Corte desglosa las obligaciones de los Estados en cuatro pilares fundamentales:

1. Obligaciones generales en el marco de la emergencia climática

La Corte deja claro que los Estados tienen el deber de prevenir los efectos catastróficos del cambio climático. Esto ya no es una opción política, sino una obligación legal. Los gobiernos deben tomar todas las medidas necesarias –legislativas, administrativas, judiciales– para garantizar que las actividades bajo su jurisdicción no causen un daño transfronterizo significativo. La inacción, o la acción insuficiente, puede constituir una violación de los derechos humanos.

2. Obligaciones derivadas de los derechos sustantivos

La Corte vincula explícitamente la emergencia climática con derechos ya consagrados, como el derecho a la vida y a la integridad personal. Un medio ambiente sano es una condición esencial para su disfrute. En la práctica, esto podría significar que una persona o una comunidad podría demandar al Estado si, por ejemplo, la contaminación del aire de una central térmica cercana está afectando gravemente su salud, argumentando una violación de su derecho a la integridad personal por la inacción del Estado en regular adecuadamente esa fuente de emisiones.

3. Obligaciones de procedimiento: transparencia y participación

Los Estados no solo deben actuar, sino que deben hacerlo de una manera determinada. Esto incluye:

a. Acceso a la información: garantizar que la ciudadanía tenga acceso a información clara, oportuna y comprensible sobre los impactos climáticos y las políticas para enfrentarlos.

b. Participación pública: permitir que las personas intervengan de manera significativa en la toma de decisiones ambientales, como la aprobación de un proyecto con elevada huella de carbono

c. Acceso a la justicia: asegurar que existan mecanismos judiciales o administrativos accesibles para impugnar acciones u omisiones que afecten el medio ambiente.

4. El Principio de igualdad y no discriminación

La Corte es contundente ante el hecho de que la crisis climática es una crisis de desigualdad. Las obligaciones estatales deben aplicarse con una perspectiva de equidad, priorizando la protección de los grupos en situación de vulnerabilidad que se ven afectados de manera desproporcionada. Las políticas climáticas deben ser diseñadas para protegerles específicamente, evitando que la carga del cambio climático recaiga sobre quienes menos han contribuido a causarlo.

Hacia un nuevo contrato social

La exploración para incluir estos derechos implica un cambio profundo en la relación entre la ciudadanía, el Estado y el entorno.

  • Para la ciudadanía: significaría contar con una herramienta legal que podría permitir a las personas y colectivos exigir judicialmente a sus gobiernos que cumplan con sus metas climáticas, que detengan proyectos contaminantes o que implementen planes de adaptación al cambio climático y sus efectos.
  • Para la sociedad en su conjunto: representa la oportunidad de tejer un nuevo contrato social que sitúe la sostenibilidad y la justicia intergeneracional en su centro.
  • Para los Estados: implica una rendición de cuentas mucho más estricta en los diferentes niveles de la gestión. Desde los acuerdos climáticos en cumbres internacionales hasta las resoluciones de la administración local se convertirían en compromisos jurídicamente exigibles. La planificación urbanística, la política energética y la gestión del agua, por ejemplo, tendrían que pasar inevitablemente por el filtro de los derechos humanos.

El reconocimiento del derecho a un medio ambiente sano no solo protege a las generaciones presentes, sino que extiende la justicia hacia quienes aún no han nacido. Este nuevo paradigma jurídico reconoce que la salud del planeta es, en sí misma, un bien jurídico que sostiene el resto de los derechos fundamentales.

Siguiendo el liderazgo de la Corte Interamericana, los Estados tienen la oportunidad de evolucionar, de pasar de ser meros administradores a ser garantes activos de las condiciones que hacen posible la vida y la dignidad humana. Reconocer el derecho a un medio ambiente sano es darle nombre y fuerza legal también a la mitigación de las causas y la adaptación a los efectos del cambio climático.

P. Cotarelo y O. Mayoral

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La vulnerabilidad climática desde las relaciones comunitarias

Entre los diferentes propósitos de las políticas climáticas de adaptación se encuentra la necesidad de identificar quién puede sufrir más daños y qué apoyos deben priorizarse. Tradicionalmente, una parte importante de las evaluaciones sigue describiendo la vulnerabilidad mediante variables individuales y categorías poblacionales. Sin embargo, este tipo de métodos presentan obstáculos significativos que deben y pueden superarse para lograr una adaptación más eficiente basada en las soluciones. Lo que muestran los indicadores y lo que dejan fuera El marco actual del IPCC entiende la vulnerabilidad como la propensión o predisposición a sufrir efectos adversos. El riesgo climático se produce por la combinación de la aparición de un peligro climático, la exposición a él y la capacidad de la población expuesta a adaptarse a él, lo que se conoce como vulnerabilidad. La distinción entre estos tres elementos importa: vivir en un lugar expuesto a una ola de calor no produce el mismo riesgo en una vivienda bien aislada que en otra sin ventilación, ni para una persona con autonomía y apoyos que para otra que afronta una situación de aislamiento o de dependencia. En la práctica, muchos índices que tratan de medir la vulnerabilidad traducen esta complejidad a variables disponibles en censos y registros administrativos. Una revisión de 230 estudios sobre vulnerabilidad social, clima y salud encontró una fuerte concentración de indicadores, como la edad, el sexo, los ingresos, la pobreza, el desempleo, la educación o la densidad de población; y una presencia mucho menor de dimensiones estructurales e institucionales (Li, Toll y Bentley, 2023). Se podría decir que este fenómeno es comprensible, ya que son datos comparables, periódicos y territorializables. Sin embargo, con frecuencia nos encontramos con que la disponibilidad estadística de datos termina definiendo lo que se debe considera relevante, lo cual se aleja del rigor científico. Por otra parte, los índices de vulnerabilidad basados únicamente en atributos individuales pueden señalar dónde se acumulan desventajas, pero tienen dificultades para explicar por qué dos barrios con perfiles demográficos parecidos responden de forma distinta ante una inundación o una ola de calor. Entre ambos pueden variar la confianza vecinal, las redes de apoyo, la relación con los servicios públicos, la presencia de asociaciones, los canales para difundir alertas, la memoria compartida de emergencias anteriores o la capacidad de organizar demandas sociales.       El problema de denominar colectivo a una categoría La segunda barrera que nos encontramos en los métodos tradicionales, desde el punto de vista de las estrategias basadas en las soluciones, es semántica, lo que no excluye      que sus efectos supongan un impacto negativo en la realidad.     . En diferentes contextos oficiales, como convocatorias de ayudas públicas, estrategias y proyectos se utiliza con frecuencia la expresión «colectivos vulnerables» para agrupar realidades muy diferentes. En él se agrupan personas que se encuentran en la infancia, personas mayores, hogares monomarentales, personas migrantes en situación irregular o mujeres que han sufrido violencia machista. Algunas categorías designan etapas vitales; otras, situaciones jurídicas, familiares o de violencia. Sin embargo, ninguna de ellas permite presumir que quienes comparten la etiqueta se conocen, se reconocen como grupo o disponen de una red común. Según este uso administrativo, la palabra «colectivo» suele significar conjunto de personas clasificadas por una característica individual determinada. Sin embargo, la manera en la que se utiliza el término sugiere una idea de colectividad preexistente que no tiene por qué darse entre las personas que suman dicha característica. Además, este uso de indicadores individuales y objetivos para determinar qué es un colectivo, puede resultar en la homogeneización de experiencias muy diferentes y desplazar la atención de los procesos que producen la desigualdad hacia las supuestas propiedades del grupo, incurriendo así en su estigmatización. La literatura sobre derechos humanos ya ha advertido sobre cómo la etiqueta de vulnerabilidad puede reforzar imágenes de pasividad, dependencia o necesidad de tutela, además de ocultar capacidades y diferencias internas (Mayrhofer, 2024). Pero en realidad este obstáculo para diseñar políticas efectivas de adaptación no se resuelve eliminando toda categoría. El objetivo último de las administraciones consiste en identificar desigualdades para poder garantizar derechos específicos. La cuestión es no confundir una categoría poblacional útil para detectar una posible desventaja con una comunidad real, ni convertirla automáticamente en destinataria homogénea de una solución diseñada externamente. Esta confusión semántica favorece o promueve proyectos en los que el diagnóstico siempre quedará subordinado a las soluciones disponibles. Categoría poblacional, comunidad y actor colectivo Una categorización más precisa podría distinguir al menos tres niveles. Una categoría poblacional reúne a personas que comparten un atributo relevante para el análisis. Una comunidad implica una serie de relaciones sostenidas, cierto reconocimiento mutuo, prácticas compartidas o vínculos con un territorio, aunque no exista acuerdo pleno entre las personas que la integran. Un actor colectivo aparece cuando parte de esa comunidad desarrolla mecanismos de coordinación, formula objetivos comunes y adquiere capacidad para intervenir, convirtiéndose en agente. Nivel Qué permite afirmar Qué no debería presuponerse Categoría poblacional Existe una característica común relevante para el análisis Relación entre sus integrantes ni objetivos compartidos Comunidad Existen vínculos, prácticas, recursos o pertenencias compartidas Consenso, igualdad interna ni organización formal Actor colectivo Existe alguna capacidad de coordinación y acción hacia objetivos comunes Representación automática de todas las personas de la categoría Esta distinción permite evitar, al menos, dos errores. El primero es atribuir relaciones comunitarias a quienes solo comparten una clasificación. El segundo es idealizar cualquier comunidad como espacio de apoyo. Las redes pueden facilitar información, cuidados y acción colectiva, pero también reproducir desigualdades, cerrar el acceso a recursos o concentrar el trabajo comunitario en determinadas personas. Por eso interesa conocer su existencia, calidad, distribución y conexión con instituciones externas. 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Petrodólar 2.0

Henry Kissinger viajó a Riad (Arabia Saudí) en 1974 para presentar a la familia real saudí una propuesta que pudiera aliviar los problemas financieros derivados de la crisis del petróleo, la guerra de Vietnam y el abandono del patrón oro, con el fin de evitar una pérdida significativa de su poder económico e influencia a nivel mundial. El acuerdo con la Casa de Saud fue el siguiente: a cambio de equipamiento militar avanzado y formación, junto con garantías de seguridad, Arabia Saudí utilizaría exclusivamente dólares estadounidenses para la fijación de precios y la venta de petróleo[1]. Otros países de la OPEP siguieron su ejemplo en 1975, aunque no obtuvieron el mismo acuerdo que Arabia Saudí. Dado que prácticamente todo el mundo importaba petróleo de la OPEP, todo el mundo necesitaba ahora dólares. Esto restableció la demanda del dólar en los mercados de divisas. Esto reforzó el dominio del dólar como moneda de reserva mundial. 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No fue la primera medida, pero sin duda fue una de las más significativas: Arabia Saudí decidió no renovar este acuerdo del petrodólar cuando expirara el 9 de junio de 2024. Esto permitió a Arabia Saudí empezar a vender petróleo en monedas distintas del dólar estadounidense, lo que podría debilitar el dominio del dólar si esto supone el primer paso de la creación de un sistema que sustituya al mercado que ha estado sosteniendo el dólar. La creación del BRICS como foro de colaboración entre los países del Sur Global representa un contrapeso simbólico y práctico al dominio estadounidense, tal y como demuestra su nuevo sistema de pagos. Al intentar eludir el sistema de pagos SWIFT, controlado por Estados Unidos, estos países también evitan las crecientes sanciones económicas impuestas a las naciones que no se alinean con los intereses estadounidenses. 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UU. no difiere mucho del histórico «sistema del petrodólar». Las dos primeras medidas de control se refieren al aspecto físico del «concepto del petrodólar», mientras que la tercera pertenece a su dimensión monetaria. Sin embargo, quizá lo novedoso en este caso resida, por un lado, en el grado de agresividad mostrado —algo nuevo para nuestra generación— y, por otro, en algunas de las tácticas específicas empleadas, como las destinadas a controlar las rutas de tránsito. En cuanto a esto último, cabe señalar que ello podría poner en peligro la libertad de navegación en los mares, un principio garantizado en gran medida por la Armada de los Estados Unidos y que se ha dado por sentado en el sistema económico mundial durante muchas décadas. Control sobre los yacimientos petrolíferos Los orígenes del petrodólar ayudaron a Estados Unidos a ejercer influencia sobre una gran parte de los yacimientos petrolíferos de Asia Occidental. La posterior creación en 1981 del Consejo de Cooperación del Golfo (CCG) entre los países del Golfo Pérsico —Arabia Saudí, Kuwait, Baréin, Emiratos Árabes Unidos, Catar y Omán— reforzó aún más la influencia estadounidense en la región, que cuenta con la mayor concentración de recursos de combustibles fósiles. Aquí, la administración estadounidense ha intervenido repetidamente: ha librado dos guerras en Irak en las últimas décadas; en Irán, instaló al Sha a mediados del siglo XX, instigó la guerra liderada por el Irak de Sadam Husein contra Irán en la década de 1980 tras la Revolución Islámica, ha impuesto sanciones económicas al país durante años y recientemente lo ha atacado junto con Israel con el permiso de la mayoría de los miembros del CCG. El año pasado, Estados Unidos inició un bloqueo contra Venezuela, el país con las mayores reservas probadas de petróleo. A principios
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¿Se puede realizar una investigación integral en España? El caso de la DANA de Valencia de 2024

La dana ha puesto de relieve la necesidad y la conveniencia de disponer de una estructura muy organizada de investigación integral e interdisciplinaria que permita extraer aprendizajes de fenómenos complejos para adaptarnos como sociedad,reduciendo riesgos y daños potenciales asociados, de forma que también se puedan aplicar a situaciones parecidas en otros territorios.Un estudio de estas características, además de su indudable utilidad científica, tendría una relevancia sociopolítica sin precedentes, puesto que permitiría crear las estructuras y establecer mecanismos y procesos que posibilitaran emprender investigaciones integrales en relación con otros fenómenos y en otros lugares.En consecuencia, proponemos impulsar un estudio integral, sostenido y coordinado entre los tres niveles de gobierno del Estado, con datos abiertos, métricas comunes y un bucle de evaluación-aprendizaje; articular el conocimiento en red para su traslado a políticas públicas; construir una red coordinada de conocimiento alrededor de la dana, y vincular de manera sistemática investigación y políticas públicas para avanzar en resiliencia. Este enfoque permitiría capitalizar los aprendizajes de la dana de 2024 en la Comunidad Valenciana y fortalecer la preparación ante acontecimientos futuros en todo el territorio. Este extracto forma parte del capítulo elaborado por Ekona y la profesora Olga Mayoral para el informe Aquello que tenemos que aprender de la dana de València, que se presentó el 9 de junio de 2026 en octubre Centro de Cultura Contemporánea (OCCC), corresponde al Informe Transversal del Instituto de Estudios Catalanes (IEC) de 2025, coeditado con Publicaciones de la Universitat de València (PUV). Recoge las voces y reflexiones de Ekona y de 21 expertos y expertas más sobre la catástrofe de la dana que afectó el País Valenciano en octubre de 2024. El informe Aquello que tenemos que aprender de la dana de València se puede encontrar en el siguiente enlace (en catalán): https://puv.uv.es/documents/get/document/id/7857/allo_que_hem_aprendre_dana_valencia_mostra.pdf
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La DANA como factor integrador de la investigación en el Parc Natural de l´Albufera

La DANA del 29 de octubre de 2024 no solo alteró el territorio del Parc Natural de l’Albufera (PNA), sino que transformó su ecosistema investigador. El aumento de estudios, la ampliación de enfoques y la aparición de nuevas colaboraciones revelan un impulso hacia formas de investigación más integradas. En un contexto donde la Comisión Científica ya articula el conocimiento del PNA, se evidencia el valor de avanzar hacia una visión multidimensional para mejorar la comprensión y la gestión del territorio. La DANA ha actuado como factor integrador del ecosistema investigador vinculado al PNA. Ha impulsado una evolución en la comunidad científica, motivando que grupos tradicionalmente centrados en áreas específicas amplíen o redefinan sus objetos de estudio para incorporar dimensiones que previamente quedaban fuera de su foco. Paralelamente, ha incrementado la visibilidad social e institucional de la actividad investigadora, reforzando el reconocimiento de su valor público. Este proceso se ha concretado en nuevas contrataciones, colaboraciones interdisciplinares y espacios de encuentro entre equipos y actores que anteriormente operaban de manera fragmentada. Esta dinámica emergente sugiere la posibilidad de un cambio de paradigma: pasar de una producción de conocimiento fragmentada a una investigación más integral, coordinada y orientada a la gestión del territorio. Sin embargo, persiste la duda de si esta tendencia responde únicamente a una reacción temporal ante la gravedad del evento o si constituye el inicio de una transformación más estructural en la organización de la investigación en el PNA. En un escenario donde la evolución fuera pasajera, los efectos se limitarían a resolver problemas concretos derivados del episodio, sin implicaciones duraderas. En cambio, si se trata del inicio de una fase de cambio profundo, los beneficios de avanzar hacia una mayor integración serían más amplios y sostenidos. Estos beneficios, coherentes con los marcos conceptuales sobre investigación integral e interdisciplinaria revisados, destacando las ventajas de un enfoque coordinado frente a los estudios parciales realizados hasta la fecha. A partir de la nueva tendencia emergente descrita se abren dos retos: 1.Continuar recopilando información que permita determinar si se trata de un cambio estructural y duradero o de una reacción temporal ante la gravedad del evento. 2.Promover que tanto las instituciones de gestión como las de investigación consoliden este enfoque, incorporando los estudios integrales de manera estable en sus agendas científicas y de planificación territorial. Avanzar en esta dirección permitiría construir una infraestructura robusta de conocimiento aplicado, reforzar la resiliencia del Parque Natural y aportar un modelo replicable en otros territorios expuestos a riesgos climáticos complejos. Para consolidar esta transición hacia una investigación más integrada, resultaría clave el papel coordinador de estructuras ya existentes, como la Comisión Científica del Parc Natural de l’Albufera y la Estación Biológica de l’Albufera (EBA), que actúen como plataformas estables para articular, dar continuidad y facilitar la transferencia del conocimiento científico hacia la gestión del territorio. O. Mayoral y P. Cotarelo Resumen de un póster presentado en las II Jornadas de la Comisión Científica de la Junta Rectora del Parc Natural de l’Albufera “L’Albufera. I ara què?” celebradas en el Jardí Botànic de la Universitat de València los días 26 y 27 de noviembre de 2025.
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El cambio climático como indicador de calidad de la formación del profesorado

La crisis climática representa uno de los desafíos más urgentes y complejos denuestro tiempo, con implicaciones ambientales, sociales, políticas y éticas. Estecapítulo plantea que el cambio climático no debe abordarse únicamente comoun contenido curricular, sino que, debido a sus particularidades, se puedeutilizar como un indicador multidimensional y transversal para evaluar lacalidad de la formación docente. Para ello, se centra la atención en el propósito que persigue el procesoformativo, cómo se construye y de qué maneras se persigue en el contexto dela realidad del mundo actual. En particular, se analiza la noción de agenciapolítica como propósito de la competencia climática, todavía poco presenteen la formación inicial del profesorado. Se propone que dicha competenciano se limite a transmitir información científica o fomentar conductasindividuales, sino que incluya el desarrollo de capacidades para intervenir enlos procesos de toma de decisiones y en el diseño de respuestas públicasfrente a la crisis climática. El texto se estructura en torno a tres objetivos principales: examinar lascarencias actuales de los programas formativos en relación con laalfabetización climática; argumentar por qué la agencia política debefundamentar el propósito y formar parte del núcleo de competenciasdocentes; y proponer herramientas conceptuales y metodológicas parasu integración curricular. A lo largo del capítulo, se presentan marcosanalíticos, mapas de necesidades formativas y metodologías activas quepermiten avanzar hacia una alfabetización crítica y situada. Finalmente, sedelinean posibles líneas de investigación orientadas a diagnosticar y mejorarla incorporación de esta competencia en los distintos niveles y ámbitos delsistema educativo. El texto anterior forma parte del resumen de un artículo publicado en el siguiente enlace: https://www.miteco.gob.es/content/dam/miteco/es/ceneam/grupos-de-trabajo-y-seminarios/investigacion/XVIII%20Seminario%20Investigaci%C3%B3n%20Educacion%20Ambiental%20y%20Educaci%C3%B3n%20para%20el%20Desarrollo%20Sostenible.pdf.pdf P. Cotarelo y O. Mayoral
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Creación de un indicador compuesto para medir el desempeño universitario en la aplicación de la Agenda 2030

Naciones Unidas ha destacado el papel de la Universidad en la promoción e implementación de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) definidos en la Agenda 2030. La educación e investigación universitarias, su capacidad de innovar, liderazgo social y posición privilegiada para trenzar alianzas intersectoriales, la sitúan como un actor esencial de la transición ecosocial. En el contexto de un proyecto de creación y desarrollo de un Observatorio universitario de seguimiento de la aplicación de los ODS de la Agenda 2030 en la UCM, se realiza la creación de un sistema de medición del desempeño de la universidad en dicha aplicación de la Agenda 2030, en coherencia con las inquietudes sociales, las preocupaciones de la comunidad universitaria y las declaraciones institucionales de las personas representantes de la propia entidad. La metodología empleada se basó en el “Handbook on Constructing Composite Indicators” de la OECD y el JRC para crear un indicador compuesto que permitiera resumir fenómenos complejos de manera simple, comparar entre actores similares con facilidad, y ofrecer información representativa. Las fuentes de los datos empleadas fueron diversas: fuentes online; consultas directas mediante los canales ofrecidos por la Universidad; entrevistas a actores relevantes de la Universidad con diferentes perfiles, experiencias y aproximaciones a la temática; obtención directa de datos mediante la observación in situ; y una encuesta dirigida mediante el Observatorio del Estudiante de la Universidad. Para la definición de los indicadores, un grupo de 30 investigadores e investigadoras de diferentes facultades utilizaron tres niveles de análisis de la actividad universitaria: campus, docencia e investigación, discursos y prácticas institucionales. Como resultado de ello se establecieron indicadores para cada uno de estos tres niveles de análisis referidos a todos los ODS. Tras el proceso de normalización, ponderación y agregación se consolidó un indicador compuesto de más de 400 indicadores, divididos equitativamente en los tres niveles de análisis. Únicamente para una tercera parte de estos indicadores se obtuvieron datos fiables en el primer año de aplicación (2024). El resultado del indicador compuesto en estas condiciones concedió a la Universidad un grado de desempeño medio-bajo. Si bien el número de indicadores utilizados para la construcción del indicador compuesto es suficiente para dar valor a la calificación media-baja de la universidad, estos resultados deben ser corroborados en años sucesivos con el trabajo de recopilación de datos para alcanzar grados de representatividad más cercanos al 100%. Por otra parte, es necesario señalar que, tanto el número de indicadores que conforman el indicador compuesto como sus estándares, también forman parte de un proceso vivo que se alimentará cada año a partir de los resultados iniciales. La revisión de los estándares de los indicadores del sistema establecerá objetivos progresivamente más ambiciosos hasta alcanzar el óptimo para cada uno de ellos y en conjunto en 2030. P. Cotarelo El texto anterior forma parte del resumen de un artículo publicado en el siguiente enlace (págs. 349-358): https://www.miteco.gob.es/content/dam/miteco/es/ceneam/grupos-de-trabajo-y-seminarios/investigacion/XVIII%20Seminario%20Investigaci%C3%B3n%20Educacion%20Ambiental%20y%2
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Reconocimiento por la labor sobre la DANA

El Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades ha reconocido el papel que ha jugado Ekona en colaboración con Olga Mayoral, subdirectora del Jardín Botánico y profesora de la Universidad de Valencia, al organizar espacios de diálogo y encuentro entre investigadoras e investigadores de disciplinas muy diversas que trabajan en territorios afectados por la DANA. Esta labor incluye múltiples entrevistas y espacios de trabajo con más de 80 personas del ámbito de la investigación, de la gestión, así como de organizaciones de la sociedad civil, con el fin de extraer aprendizajes sólidos sobre las causas, los impactos y los procesos de gestión de un fenómeno tan multidimensional como la DANA de 2024. Estas sesiones han permitido construir una lectura compleja y diversa de la DANA, combinando diferentes aproximaciones y marcos analíticos que enriquecen la comprensión profunda del fenómeno y sus efectos en el territorio. Más información: https://www.jardibotanic.org/?apid=cultura_i_comunicacio&id=721&idioma=_spa P. Cotarelo y O. Mayoral
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La necesidad de una Plataforma Nacional para la Reducción del Riesgo de Desastres

En un contexto marcado por el cambio climático y por una creciente exposición social, económica y ambiental al riesgo, la reducción del riesgo de desastres (RRD) se ha convertido en una prioridad estratégica. Ya no hablamos solo de emergencias puntuales, sino de un fenómeno estructural que condiciona la seguridad humana, la estabilidad económica y la sostenibilidad. Los desastres, cada vez más frecuentes y complejos, son el síntoma visible de un sistema que necesita anticipación, cooperación y conocimiento compartido. En este sentido, el Marco de Sendai para la Reducción del Riesgo de Desastres 2015-2030 fue adoptado por los Estados Miembros de la ONU el 18 de marzo de 2015 en la Tercera Conferencia Mundial de las Naciones Unidas sobre la Reducción del Riesgo de Desastres en la ciudad japonesa de Sendai, Prefectura de Miyagi. Este marco tiene como objetivo general lograr la reducción sustancial del riesgo y de las pérdidas por desastres en vidas, medios de vida y salud, así como en los activos económicos, físicos, sociales, culturales y ambientales de personas, empresas, comunidades y países durante los próximos años. Sus Metas específicas son las siguientes: Plataformas para la Reducción de Riesgos de Desastres La Plataforma Global es un foro para el intercambio de información, la realización de debates sobre los últimos acontecimientos, la socialización de conocimiento y el establecimiento de alianzas entre los distintos sectores, con el propósito de aumentar la implementación de la reducción del riesgo de desastres mediante una mejor comunicación y coordinación entre los distintos grupos interesados. Esta plataforma permite que los gobiernos, las ONG, los científicos, los profesionales en distintos campos y las organizaciones de las Naciones Unidas compartan experiencias y acuerden lineamientos estratégicos para la aplicación del Marco de Sendai. Las Plataformas Regionales son foros multisectoriales que reflejan el compromiso de los gobiernos para mejorar la coordinación y la realización de actividades para la reducción del riesgo de desastres, mientras establece nexos con iniciativas nacionales e internacionales. Asimismo, la Oficina de las Naciones Unidas para la Reducción del Riesgo de Desastres (UNDRR) fomenta el establecimiento de mecanismos de coordinación multisectorial para la RRD, tales como las Plataformas Nacionales para la Reducción del Riesgo de Desastres, a fin de destacar la relevancia, el valor agregado y la rentabilidad de un enfoque coherente y coordinado para la reducción del riesgo de desastres en el ámbito nacional. En España, la creación de esta Plataforma Nacional no partiría de cero ya que existe el Plan Nacional de Reducción de Riesgos de Desastres. Este plan, que forma parte del Sistema Nacional de Protección Civil, ya establece la arquitectura estratégica necesaria para, o bien utilizarla directamente como el espacio desde el que dirigir las investigaciones y acciones en materia de RRD, o bien como un modelo inspirador para crear un órgano ad hoc específicamente dedicado a esta misión. La urgencia de crear esta Plataforma Anticipar el riesgo es hoy una cuestión de responsabilidad pública y colectiva. La creciente frecuencia de fenómenos extremos, la exposición de infraestructuras críticas y la desigualdad en la capacidad de respuesta exigen una estructura estable de coordinación que funcione de manera permanente y transversal. Solo una visión integrada, que combine ciencia, planificación territorial y cooperación institucional, puede ofrecer una respuesta coherente a los desafíos de esta nueva realidad. La creación de esta Plataforma es una necesidad estratégica. La justificación se basa en dos pilares interconectados: 1.  La nueva realidad de los desastres: la complejidad, intensidad y frecuencia de algunos desastres están aumentando debido, con mucha frecuencia, al cambio climático. Los fenómenos meteorológicos extremos, cada vez más vinculados a este fenómeno, no entienden de fronteras administrativas ni de competencias sectoriales. Los desastres actuales no son eventos aislados, sino crisis encadenadas e interconectadas. Un incendio forestal no es solo un problema para los bomberos; afecta a la biodiversidad, a la calidad del aire, a la salud pública, a la economía local y a las infraestructuras. Entender esta red de interdependencias es la clave para anticipar y reducir los impactos antes de que se transformen en catástrofes. Gestionarlo de forma efectiva requiere de una visión integral que solo puede lograrse con una coordinación multisectorial permanente. 2.  La coherencia y la eficiencia: actuar de forma aislada y fragmentada es ineficiente y costoso. Una Plataforma Nacional permite un enfoque coherente y coordinado. Esto significa: – Evitar duplicidades entre diferentes administraciones. – Compartir información: crear un flujo de datos e inteligencia sobre riesgos que beneficie a todos los actores implicados. – Optimizar recursos: invertir de forma más inteligente en prevención, preparación y respuesta, obteniendo un mayor retorno en seguridad para la ciudadanía. – Dar relevancia: elevar la reducción del riesgo de desastres a la máxima prioridad política, reconociendo su valor crucial para el desarrollo sostenible del país. Hacia una Cultura de la Prevención El verdadero valor de una Plataforma Nacional para la RRD va más allá de la gestión de la emergencia cuando el desastre ya ha ocurrido. Su misión más importante es fomentar una cultura de la prevención. En lugar de limitarnos a ser reactivos —a esperar a que ocurra lo peor para actuar—, esta Plataforma permitiría un trabajo proactivo que permitiría identificar los riesgos antes de que se materialicen, de fortalecer las infraestructuras críticas, de educar a la población, de planificar el uso del territorio de forma más segura y de asegurar que nuestros sistemas de alerta temprana sean lo más robustos posibles. Fomentar la cultura de la prevención es también fomentar la equidad. Los desastres afectan con mayor dureza a las comunidades más vulnerables (quienes viven en viviendas precarias, en zonas de riesgo o con menos acceso a la información). Una Plataforma Nacional puede convertirse en un instrumento para fortalecer la justicia territorial y social, garantizando que nadie quede atrás ante los impactos climáticos y ambientales. Al estar anclada en estructuras ya existentes como las derivadas del Plan Nacional de Reducción de Riesgos de Desastres, y con el respaldo del Consejo Nacional de Protección Civil, la Plataforma tendría la autoridad y la capacidad para impulsar este cambio de mentalidad,