Ekona

La productividad contra los cuidados, una historia mal contada

18 Dic 2024

La baja productividad en España genera preocupación desde hace tiempo por sus efectos sobre la economía. Según los datos de Eurostat, en la última década (2013-2023) España se encuentra a la cola de los países de la UE en lo que se refiere a crecimiento del PIB por persona ocupada, lejos de la media de la UE y muy lejos de los países líderes (Irlanda y Rumanía).

Fuente: Instituto de Estudios Económicos a partir de Eurostat

Asimismo, la productividad (PIB por hora trabajada) en 2023 presenta unos resultados similares (aunque en este caso la posición respecto al resto de países de la UE no sea tan retrasada). Considerando con el varo 100 la media de la UE, España presenta un 96,3 en productividad (PIB por hora trabajada).

Fuente: Instituto de Estudios Económicos a partir de Eurostat

El primer paso para realizar un análisis de la productividad comparada es reflexionar sobre la utilidad de un indicador de esas características y estudiar si realmente es útil para comparar la eficiencia de las economías nacionales. Si la productividad se define como el indicador de eficiencia que relaciona la cantidad de recursos utilizados con la cantidad de producción obtenida, su utilidad debería restringirse a sistemas productivos comparables o similares. Por tanto, comparar países con matrices productivas muy diferentes, como ocurre incluso en el caso de los miembros de la UE, podría carecer de sentido o de utilidad real en el proceso de toma de decisiones de carácter político o estratégico. Y todo ello sin profundizar demasiado en la división internacional del trabajo, que influye también dentro de la UE, y que condiciona (y casi determina) las características de las matrices productivas de los diferentes países.

Considerando lo anterior, que en la mayoría de las ocasiones en las que se debate sobre productividad se ponga el foco en el lado del trabajo es muy inadecuado. Ya sea la actitud de las personas frente a su trabajo, ya sea el sistema de protección de los derechos laborales, parece que la responsabilidad recae en las personas trabajadoras. Este tipo de análisis no tiene en cuenta dos grandes variables de carácter estructural, además de las debilidades metodológicas comentadas.

En primer lugar, la configuración sectorial de la economía de un país determina los límites o los parámetros entre los cuales puede desarrollarse su productividad. La mayor dependencia de sectores que pueden desarrollar bajas productividades por sus características intrínsecas conduce a bajas productividades como país. Normalmente corresponde a ciertas actividades industriales y a los servicios financieros las productividades más elevadas, actividades que no predominan en la economía española. Este tipo de factor ayuda a comprender mejor algunas de las causas de las cifras de productividad españolas a lo largo de la historia reciente, y porqué sin un cambio significativo en la estructura sectorial de nuestra economía su productividad no tiene la posibilidad de variar cualitativamente.

Por otro lado, llama la atención que entre los factores que se suelen seleccionar como influyentes en la productividad se incluye el capital humano (así como el capital físico, el capital tecnológico, el capital empresarial, y el marco regulatorio e institucional), pero sin embargo en él sólo se incorpora el grado de educación superior de las personas trabajadoras, y no otros elementos que se pueden considerar en dicha categoría. Cabe preguntarse entonces si las competencias de las personas en el trabajo sólo dependen de su titulación académica, cuando la experiencia nos sugiere toda una serie de otros factores igual o más importantes que la titulación. La motivación, el estrés, el estado de salud, la alimentación y el entorno afectivo serían algunos de los factores a considerar en el análisis de la productividad, si se pretende realizar un análisis riguroso.

Fuente: Instituto de Estudios Económicos a partir de Eurostat

En algunos estudios, no obstante, se considera la salud de las personas trabajadoras como un factor a tener en cuenta al analizar la productividad, y esto debería servir de guía para introducir los otros factores mencionados previamente. Las personas empleadas que están sanas se presentan a trabajar físicamente capaces de hacer su trabajo con concentración y resistencia. Si el personal se siente bien, podrán participar mejor y realizar las tareas. Invertir en la salud y el bienestar de las personas empleadas agrega costos a corto plazo, pero es más probable que la empresa (y la sociedad) obtenga los beneficios de estos gastos con una mayor productividad y una mejor calidad del trabajo.

El deterioro de la salud, trabajar en condiciones de enfermedad (aguda y/o crónica), dedicar tiempo vital de más a preocuparse de la gestión de la propia salud (y de la de las personas cercanas) son cargas que empeoran el desempeño en el trabajo. Por lo tanto, el “encarecimiento” del acceso a la sanidad (por reducción de recursos públicos, listas de espera indefinidas, falta de profesionales, etc.) supone un empeoramiento de las condiciones en las que las personas llegan y desempeñan su trabajo. Esto sucede tanto en términos individuales como en términos agregados, y supone un problema estructural para la economía.

Para una determinada estructura económica, como la de un país, la pérdida de productividad relativa respecto a su óptimo socava sus posibilidades de progreso socioeconómico. Cuantos más recursos dedica una sociedad a proporcionar personas trabajadoras en buenas condiciones a los procesos productivos, tanto en términos económicos (monetarios) como en términos de esfuerzo, menos eficiente es en la generación de bienes y servicios. Esta situación empeora en la medida en la que se pierden o desaprovechan recursos en el proceso de mantener la salud de las personas trabajadoras.

En el caso de la educación y la formación ocurre algo similar. Cuanto mejor y menos costosa sea la educación y la formación de las personas de una sociedad, mejor puede llegar a ser su productividad. Y esto depende de dos ámbitos interconectados: el bienestar familiar y las condiciones del sistema educativo y formativo.

Del bienestar de la familia, o del entorno más cercano, que realiza las labores de crianza y cuidados en las primeras etapas de la vida depende en buena parte el rendimiento académico de las personas a su cargo. Las personas adultas que tienen suficiente capital cultural y tiempo para leer a sus hijos e hijas desde los primeros años de vida permiten que estos/as puedan comprender mejor el mundo que les rodea, se sientan queridos/as, cuenten con un amplio vocabulario y sepan cómo usarlo, tengan más capacidad para expresar sus emociones, se desarrollen más felices y tengan más facilidad para la empatía hacia otras personas. Todo ello contribuye, entre otros factores, a construir una buena base para el aprendizaje a lo largo de los años, y depende de que esas personas adultas que les crían también se encuentren relajadas y con tiempo como consecuencia de que sus condiciones básicas de supervivencia no se vean en riesgo.

Por otra parte, el deterioro del nivel educativo reglado a través de la privatización (directa o encubierta mediante la concertación) y, por otra parte, el encarecimiento de la educación superior como consecuencia del proceso de privatización de los masters y de la formación profesional, empeora las condiciones formativas en las que las personas acceden a sus puestos de trabajo.

En lo que respecta a la educación superior, el Plan Bolonia comienza a mostrar sus profundos efectos, que no por previsibles dejan de ser extremadamente negativos para las clases menos favorecidas. Desde el primer momento de la implantación del Plan Bolonia, ya se observó cómo el tipo de exigencias de presencialidad obligatoria que conlleva supuso la expulsión de miles de estudiantes que no pudieron continuar compaginando su sustento a través de la vida laboral con unos estudios atravesados, además, por el drástico aumento de las tasas universitarias.

Otra consecuencia notable, es que las universidades privadas se quedan con el negocio de los másteres. Durante 2021 bajaron los estudiantes en la pública un 5,7%, mientras subían un 15,4% en los campus de pago[1]. Esto supone que en 10 años los másteres privados les quitan al 21% de los alumnos a los públicos[2].

Fuente: El País a partir de Ministerio de Universidades e INE

En el caso de la formación profesional, recientemente se han superado los 1,1 millones de alumnos y alumnas, habiendo crecido más de un 55% en la última década. Este crecimiento, sin embargo, se ha producido de manera muy desigual si analizamos el tipo de centros en los que se ha matriculado el alumnado. Mientras que la presencia de estudiantes en la educación pública se ha incrementado un 31% en una década, y en la educación privada concertada lo ha hecho un 23%, en los centros privados sin subvencionar ha aumentado un 468%. La enseñanza pública todavía matricula actualmente a dos tercios del alumnado de FP, pero hace 10 años esa proporción rondaba el 80%. El problema de equidad que reflejan los datos radica en que la educación pública (responsabilidad de las Comunidades Autónomas) se ha quedado lejos de responder al aumento de la demanda que se ha producido en los últimos años.[3]

La pregunta que surge a raíz de estos datos es si el objetivo de la privatización de la educación (incluida la educación superior) es que la sociedad aproveche las cualidades de las personas que considere más competentes para realizar actividades determinadas o si su objetivo es mantener la rigidez de una estructura social  impermeable a miembros de las clases más bajas. Los resultados de la privatización de la educación en España hablan de que si el objetivo es el primero, el proceso para lograrlo no funciona. En otras palabras, la privatización de la educación impide que la sociedad aproveche las cualidades de las personas con más habilidades productivas ya que expulsa a las personas con menos capital monetario de las oportunidades de formación.

En referencia al bienestar familiar para mejorar las condiciones educativas, uno de los factores que más puede influir en la disponibilidad de las personas adultas de realizar adecuadamente las labores de crianza, entre las que se encuentran las educativas, es el relativo a las dificultades de acceso a la vivienda. Aunque esta problemática, por desgracia, afecta a sectores mucho más amplios de la sociedad como muestran los datos actuales. Durante 2023[4], los hogares gastaron una media del 43% de sus ingresos brutos al pago del alquiler. Esta cifra del 43% está muy por encima de lo recomendado por los organismos de control europeos, que establecen que no se debe destinar más del 30% del sueldo al pago de la vivienda. Por lo tanto, la situación en muchas de las provincias españolas, donde ese porcentaje es mayor, es todavía más grave. Es el caso de Barcelona (65% del sueldo bruto), seguida de Islas Baleares (63%), Madrid (62%), Guipúzcoa (60%), Las Palmas (53%), Vizcaya (52%), Valencia (50%), Santa Cruz de Tenerife (50%), Málaga (49%) y Girona (48%). Estas son las consecuencias de un fenómeno que se basa en la consideración de la vivienda como un activo financiero y, como hemos venido analizando, juega en contra de las condiciones que permitirían las mejoras de la productividad.

En el proceso de deterioro de las condiciones en las que las personas llegan a su trabajo encontramos un elemento común a todos los ámbitos que afectan a dichas condiciones, que es la privatización de diferentes fases o dimensiones de cada uno de ellos. Las privatizaciones, por lo general, empeoran la productividad global de la economía a través de la extracción de recursos en procesos socioeconómicos altamente eficientes y, en muchos casos, muy complejos con equilibrios socioeconómicos sostenidos milimétricamente. Asimismo, aumentan la actividad económica de manera artificial, esto es, introduciendo los márgenes de beneficio privado que, en demasiados casos, exceden los márgenes industriales debidamente establecidos por las normas. Por lo tanto, las privatizaciones empeoran las condiciones a partir de las cuales podría mejorarse la productividad.

Alguien con interés en contrariar esta última afirmación podría argumentar que las actividades que se privatizan o aquellas relativas a la especulación inmobiliaria conllevan unas productividades tales que podrían compensar las bajadas de la misma producidas por el empeoramiento de las condiciones de vida de las personas trabajadoras. En ambos casos, se produce un aumento del PIB y una reducción de las horas dedicadas a ello, con lo que la productividad, medida como el cociente entre estas dos variables, aumenta. En la privatización de servicios públicos encontramos un aumento de la rentabilidad económica de dicha actividad a expensas de reducir las horas trabajadas, lo cual aumenta su productividad a costa, muchas veces, de la calidad del servicio. En la especulación inmobiliaria ocurre algo similar, subir artificialmente el precio de la vivienda provoca aumentos del PIB y no requiere apenas inversión de tiempo, lo cual aumenta la productividad en términos estrictos.

Sin embargo, este argumento queda invalidado cuando atendemos al análisis de la realidad desde una perspectiva que tenga en cuenta todo lo necesario para que exista dicha productividad, es decir, no sólo el PIB y número de horas trabajadas, sino el cuidado y sostenimiento de la vida. De esta forma, la cuantificación monetaria de las labores de cuidados[5] necesarias para mejorar la productividad de las personas trabajadoras, de realizarse, excedería con creces (y por varios órdenes de magnitud) las potenciales ganancias de productividad de la privatización y del mercado inmobiliario.

En definitiva, se evidencia que las personas trabajadoras deben acceder a su puesto de trabajo en buenas condiciones para que su labor sea lo más eficiente posible, y sin unas buenas condiciones de vida (extra-laboral), la productividad laboral disminuye. La propia reproducción de la fuerza de trabajo es un factor fundamental en el proceso productivo, por lo que sus condiciones materiales determinan el resultado de dicho proceso, el cual se suele medir en términos de productividad.

Esta concusión concuerda con los postulados de la economía feminista (también de la ecológica y la ecofeminista), que considera que el centro de la sociedad son los procesos que sostienen la vida –los cuales generalmente no son remunerados y son llevados a cabo por mujeres-. En consecuencia, las actividades de sostenimiento de la vida son previas a las actividades productivas (y financieras), ya que sin que aquéllas se encuentren bien atendidas (y a bajo coste/esfuerzo) éstas últimas se ven sustancialmente afectadas negativamente (por el aumento global de los costes). Sin este trabajo fundamental y los productos básicos procedentes de la naturaleza no habría ninguna actividad económica, ni los seres humanos habríamos podido sobrevivir ni continuar con nuestro desarrollo evolutivo[6]. Asimismo, al ser la esfera de cuidados previa a la productiva, el argumento de la compensación en términos de productividad de las actividades privatizadas, señalado previamente, carece de fundamento.

Para finalizar, se detecta una paradoja difícil de comprender ya que, en muchas ocasiones, los mismos actores que promulgan y reivindican medidas drásticas para mejorar la productividad promuevan activamente actuaciones (como las privatizaciones) que perjudican el desarrollo del ámbito reproductivo y del trabajo de cuidados. Como resultado encontramos consecuencias nefastas para la propia productividad, además de para los diversos tipos de organización social y familiar y, en definitiva, para el contrato social en su conjunto y en su sentido más amplio.

Por lo tanto, los procesos de privatización, al empeorar las condiciones de vida de las personas que deben sostener con su trabajo la esfera productiva de la economía, actúan en contra de la productividad. Para favorecer esta última es necesario impedir las privatizaciones y, en el mejor de los casos, revertirlas en un proceso de revalorización de los trabajos de cuidados que hacen posible el sostenimiento de la vida.

P. Cotarelo

[1] https://elpais.com/educacion/2022-12-14/las-universidades-privadas-se-quedan-con-el-negocio-de-los-masteres-a-punto-de-sobrepasar-a-la-publica.html#

[2] https://cincodias.elpais.com/cincodias/2022/05/13/economia/1652453474_915964.html#

[3] https://elpais.com/educacion/2024-08-21/los-estudiantes-de-la-fp-privada-se-disparan-un-460-en-una-decada-por-la-falta-de-plazas-en-la-educacion-publica.html?ssm=whatsapp_CC#

[4] https://www.infobae.com/america/agencias/2024/05/13/los-espanoles-dedicaron-el-43-de-su-sueldo-bruto-al-pago-del-alquiler-en-2023-el-dato-mas-alto-en-5-anos/

[5] Independientemente del tipo de método que se utilice para su cálculo.

[6] https://web.archive.org/web/20151120132516/http://www.ncdsv.org/images/BH_Modest-Herstory-of-Besty-Warrior_8-2013.pdf

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En un contexto marcado por el cambio climático y por una creciente exposición social, económica y ambiental al riesgo, la reducción del riesgo de desastres (RRD) se ha convertido en una prioridad estratégica. Ya no hablamos solo de emergencias puntuales, sino de un fenómeno estructural que condiciona la seguridad humana, la estabilidad económica y la sostenibilidad. Los desastres, cada vez más frecuentes y complejos, son el síntoma visible de un sistema que necesita anticipación, cooperación y conocimiento compartido. En este sentido, el Marco de Sendai para la Reducción del Riesgo de Desastres 2015-2030 fue adoptado por los Estados Miembros de la ONU el 18 de marzo de 2015 en la Tercera Conferencia Mundial de las Naciones Unidas sobre la Reducción del Riesgo de Desastres en la ciudad japonesa de Sendai, Prefectura de Miyagi. Este marco tiene como objetivo general lograr la reducción sustancial del riesgo y de las pérdidas por desastres en vidas, medios de vida y salud, así como en los activos económicos, físicos, sociales, culturales y ambientales de personas, empresas, comunidades y países durante los próximos años. Sus Metas específicas son las siguientes: Plataformas para la Reducción de Riesgos de Desastres La Plataforma Global es un foro para el intercambio de información, la realización de debates sobre los últimos acontecimientos, la socialización de conocimiento y el establecimiento de alianzas entre los distintos sectores, con el propósito de aumentar la implementación de la reducción del riesgo de desastres mediante una mejor comunicación y coordinación entre los distintos grupos interesados. Esta plataforma permite que los gobiernos, las ONG, los científicos, los profesionales en distintos campos y las organizaciones de las Naciones Unidas compartan experiencias y acuerden lineamientos estratégicos para la aplicación del Marco de Sendai. Las Plataformas Regionales son foros multisectoriales que reflejan el compromiso de los gobiernos para mejorar la coordinación y la realización de actividades para la reducción del riesgo de desastres, mientras establece nexos con iniciativas nacionales e internacionales. Asimismo, la Oficina de las Naciones Unidas para la Reducción del Riesgo de Desastres (UNDRR) fomenta el establecimiento de mecanismos de coordinación multisectorial para la RRD, tales como las Plataformas Nacionales para la Reducción del Riesgo de Desastres, a fin de destacar la relevancia, el valor agregado y la rentabilidad de un enfoque coherente y coordinado para la reducción del riesgo de desastres en el ámbito nacional. En España, la creación de esta Plataforma Nacional no partiría de cero ya que existe el Plan Nacional de Reducción de Riesgos de Desastres. Este plan, que forma parte del Sistema Nacional de Protección Civil, ya establece la arquitectura estratégica necesaria para, o bien utilizarla directamente como el espacio desde el que dirigir las investigaciones y acciones en materia de RRD, o bien como un modelo inspirador para crear un órgano ad hoc específicamente dedicado a esta misión. La urgencia de crear esta Plataforma Anticipar el riesgo es hoy una cuestión de responsabilidad pública y colectiva. La creciente frecuencia de fenómenos extremos, la exposición de infraestructuras críticas y la desigualdad en la capacidad de respuesta exigen una estructura estable de coordinación que funcione de manera permanente y transversal. Solo una visión integrada, que combine ciencia, planificación territorial y cooperación institucional, puede ofrecer una respuesta coherente a los desafíos de esta nueva realidad. La creación de esta Plataforma es una necesidad estratégica. La justificación se basa en dos pilares interconectados: 1.  La nueva realidad de los desastres: la complejidad, intensidad y frecuencia de algunos desastres están aumentando debido, con mucha frecuencia, al cambio climático. Los fenómenos meteorológicos extremos, cada vez más vinculados a este fenómeno, no entienden de fronteras administrativas ni de competencias sectoriales. Los desastres actuales no son eventos aislados, sino crisis encadenadas e interconectadas. Un incendio forestal no es solo un problema para los bomberos; afecta a la biodiversidad, a la calidad del aire, a la salud pública, a la economía local y a las infraestructuras. Entender esta red de interdependencias es la clave para anticipar y reducir los impactos antes de que se transformen en catástrofes. Gestionarlo de forma efectiva requiere de una visión integral que solo puede lograrse con una coordinación multisectorial permanente. 2.  La coherencia y la eficiencia: actuar de forma aislada y fragmentada es ineficiente y costoso. Una Plataforma Nacional permite un enfoque coherente y coordinado. Esto significa: – Evitar duplicidades entre diferentes administraciones. – Compartir información: crear un flujo de datos e inteligencia sobre riesgos que beneficie a todos los actores implicados. – Optimizar recursos: invertir de forma más inteligente en prevención, preparación y respuesta, obteniendo un mayor retorno en seguridad para la ciudadanía. – Dar relevancia: elevar la reducción del riesgo de desastres a la máxima prioridad política, reconociendo su valor crucial para el desarrollo sostenible del país. Hacia una Cultura de la Prevención El verdadero valor de una Plataforma Nacional para la RRD va más allá de la gestión de la emergencia cuando el desastre ya ha ocurrido. Su misión más importante es fomentar una cultura de la prevención. En lugar de limitarnos a ser reactivos —a esperar a que ocurra lo peor para actuar—, esta Plataforma permitiría un trabajo proactivo que permitiría identificar los riesgos antes de que se materialicen, de fortalecer las infraestructuras críticas, de educar a la población, de planificar el uso del territorio de forma más segura y de asegurar que nuestros sistemas de alerta temprana sean lo más robustos posibles. Fomentar la cultura de la prevención es también fomentar la equidad. Los desastres afectan con mayor dureza a las comunidades más vulnerables (quienes viven en viviendas precarias, en zonas de riesgo o con menos acceso a la información). Una Plataforma Nacional puede convertirse en un instrumento para fortalecer la justicia territorial y social, garantizando que nadie quede atrás ante los impactos climáticos y ambientales. Al estar anclada en estructuras ya existentes como las derivadas del Plan Nacional de Reducción de Riesgos de Desastres, y con el respaldo del Consejo Nacional de Protección Civil, la Plataforma tendría la autoridad y la capacidad para impulsar este cambio de mentalidad,
Opinión

Gobernar la ciudad más allá de la ciudad

Las grandes áreas urbanas del siglo XXI ya no caben dentro de los límites de sus municipios. La expansión de las ciudades, la movilidad diaria entre localidades y los retos compartidos —desde la vivienda hasta el cambio climático— exigen una gobernanza metropolitana, capaz de coordinar decisiones que afectan a millones de personas y a territorios interconectados. Pensar en una escala metropolitana Las ciudades actuales funcionan como redes vivas. Las personas residen en un municipio, trabajan en otro, consumen recursos que vienen de un tercero y generan impactos ambientales que se extienden mucho más allá de sus fronteras administrativas. En este contexto, los problemas urbanos —movilidad, contaminación, vivienda, gestión del agua o residuos— ya no pueden resolverse de forma aislada. Por otro lado, el cambio climático agrava esta situación. Las emergencias asociadas a fenómenos extremos, como las DANA (depresiones aisladas en niveles altos) que afectan recurrentemente al Mediterráneo, o los incendios, revelan las limitaciones de la gestión fragmentada. Cuando cada ayuntamiento actúa por su cuenta, se ralentiza la respuesta y se pierden recursos valiosos. La gestión de riesgos climáticos, como inundaciones, olas de calor o incendios forestales, exige una visión que trascienda los límites municipales y aborde los fenómenos a escala territorial. Las decisiones sobre urbanización, infraestructuras o usos del suelo en un municipio pueden tener efectos directos sobre los territorios vecinos. Una planificación metropolitana permite delimitar los usos del suelo con una visión amplia, garantizar una proporción adecuada de superficies permeables e infraestructuras capaces de absorber y retener el agua, asegurar espacios de laminación y drenaje, y revisar infraestructuras supramunicipales que pueden actuar como barreras o trampas de avenidas. Al mismo tiempo, esta escala de gestión facilita coordinar la disponibilidad de refugios climáticos de distinta tipología, organizar redes de centros sanitarios y logísticos para atender a población desplazada, y prever espacios de acopio y distribución de ayuda en emergencias de gran escala. Esta mirada integral amplía el foco de la gestión del territorio y permite responder con mayor eficacia y equidad ante la complejidad de los riesgos contemporáneos. Un órgano metropolitano ofrece un marco institucional común para coordinar políticas, compartir infraestructuras, optimizar servicios y anticipar riesgos climáticos, orientado a gobernar el territorio real, y no solo el nivel administrativo. Barcelona como referencia: una gestión integrada El Área Metropolitana de Barcelona (AMB) es el ejemplo más avanzado de este tipo de gobernanza en España. Agrupa a 36 municipios y gestiona competencias amplias que van desde el urbanismo hasta la movilidad, la vivienda, el medio ambiente o el desarrollo económico. Algunas de sus áreas clave son las siguientes: • Ordenación del territorio y urbanismo: planifica el crecimiento urbano con criterios de sostenibilidad, equilibrio social y eficiencia territorial. • Transporte y movilidad: coordina autobuses, metro y redes metropolitanas, fomentando la intermodalidad y la reducción de emisiones. • Medio ambiente y sostenibilidad: gestiona el ciclo del agua, los residuos y programas de protección ambiental y biodiversidad, incluyendo un plan metropolitano de lucha contra el cambio climático. • Energías renovables: impulsa instalaciones sostenibles y apoya la transición energética de los municipios. • Vivienda y cohesión social: actúa por delegación de los ayuntamientos para garantizar una política de suelo solidaria entre municipios. • Desarrollo económico y empleo: fomenta la innovación, la creación de empresas y la competitividad regional. Este modelo demuestra que la cooperación institucional amplía la capacidad de acción frente a desafíos que ningún municipio puede resolver por sí solo, aunque la capital sea tan importante como Barcelona. Una oportunidad por aprovechar frente a los desafíos actuales El contraste entre AMB y las mancomunidades de municipios que existen muestra cómo un órgano metropolitano integra la planificación estratégica y coordina los recursos, mientras que las mancomunidades actuales se limitan a la gestión de servicios puntuales, lo cual no alcanza la escala estratégica necesaria para abordar los grandes retos urbanos y ambientales de la región que abarcan. Ciudades como Valencia y su entorno forman una de las áreas metropolitanas más dinámicas del Mediterráneo, con un metabolismo social integrado: los flujos de personas, recursos, energía y residuos circulan diariamente entre municipios. Pero carece de un órgano político capaz de coordinar ese metabolismo y transformarlo hacia la sostenibilidad. Algo similar sucede en otras áreas metropolitanas, que existen en la realidad socioeconómica pero no en la administrativa. Crear un ente metropolitano de gestión —con competencias claras en movilidad, vivienda, planificación territorial y adaptación climática— permitiría mejorar la eficiencia institucional, reducir duplicidades y anticipar riesgos ambientales como los derivados del cambio climático. Adaptación al cambio climático: una visión integrada La creación de órganos metropolitanos no es solo una cuestión de gobernanza, sino una estrategia de adaptación climática. Las aglomeraciones urbanas concentran población, infraestructuras críticas y emisiones, pero también concentran capacidad de innovación y de acción colectiva. Un sistema metropolitano bien diseñado puede: • Coordinar planes de emergencia y protección civil ante fenómenos extremos, integrando la gestión de riesgos climáticos (inundaciones, olas de calor e incendios…) mediante infraestructuras de refugio, sistemas de alerta temprana y redes supramunicipales de asistencia y apoyo. • Gestionar el ciclo del agua y los residuos de forma integrada. • Reducir las emisiones mediante transporte público y energía limpia. • Planificar la expansión urbana evitando zonas de riesgo climático. • Impulsar la resiliencia económica y social, garantizando igualdad territorial. En definitiva, permite pasar de la reacción a la prevención estratégica, con decisiones basadas en datos y cooperación, y a la cultura de la resiliencia, con estructuras y mecanismos diseñados para garantizar la capacidad de resistir. P. Cotarelo y O. Mayoral