Ekona

Confrontando la crisis del coronavirus: por una Renta Básica de Pandemia, con el ejemplo de España

22 Jun 2020

La crisis del coronavirus es de una escala similar, y posiblemente aún mayor, a la gran crisis de 2007-9. Su impacto podría ser decisivo en el desarrollo a largo plazo de la economía mundial por dos razones. En primer lugar, el capitalismo neoliberal financiero entró en la crisis en un estado de debilidad estructural, especialmente en los Estados Unidos. Si la ponemos en contexto, en la crisis financiera de 2008, los principales Estados nacionales tomaron medidas para rescatar las finanzas, prevenir amenazas estructurales a la financiarización y la globalización; además de cargar los costes de los ajustes a las personas trabajadoras y pobres. No es de extrañar, entonces, que los años desde 2009 a 2019 lleven los signos de un sistema social en declive, atrapado en conflictos de intereses ingestionables. Durante este período, la inversión, la producción y la acumulación de capital fueron históricamente débiles, particularmente en Europa. Aún más notable fue la debilidad del crecimiento de la productividad, a pesar de la retórica constante sobre una nueva «revolución industrial» a través de la inteligencia artificial. Al mismo tiempo, se mantuvieron las profundas desigualdades de la financiarización neoliberal e incluso empeoraron, ya que los ricos estaban protegidos por la maquinaria estatal. Finalmente, se hizo evidente, incluso para algunos economistas obstinadamente pro-sistémicos, que el núcleo del capitalismo global estaba estancado.

En segundo lugar, los estados se han visto obligados a aplicar políticas extraordinarias debido a la diferente naturaleza de la crisis. De hecho, nunca ha habido una crisis similar en la historia del capitalismo. En este contexto extraordinario, como en otros momentos similares de la historia, hay luchas entre intereses conflictivos que implican cambios significativos en las sociedades, incluso en algunos casos, cambios de paradigma. En los últimos meses, se han mostrado signos que indicaban que los representantes del capital internacional y de los oligarcas nacionales están intentando conducir la crisis hacia sus intereses, en contra de los medios de vida de los trabajadores. La manera de evitarlo y de obtener un nuevo contrato social basado en los intereses de las mayorías social y laboral es saber qué nuevas limitaciones nos impone esta crisis y ser valientes a la hora de proponer nuevas estructuras socioeconómicas y mecanismos de convivencia.

El carácter diferenciado de la crisis del coronavirus

En primer lugar, los confinamientos afectaron inmediatamente al lado de la producción y a la circulación de bienes y servicios. Se produjo un impacto importante en la manufactura que interrumpió las cadenas de suministro interconectadas y el comercio internacional, reduciendo la disponibilidad de insumos. El choque fue manifiestamente más grave en el campo de la prestación de servicios, especialmente en viajes, turismo, entretenimiento, restaurantes, hoteles, pubs, etc. En segundo lugar, los confinamientos también afectaron inmediatamente al lado de la demanda mundial, al restringir el contacto social y obligar a las personas a permanecer en casa. El consumo disminuyó apresuradamente, causando un salto en el ahorro; tal vez también como respuesta a la profunda incertidumbre creada por la enfermedad y las respuestas sin precedentes de los estados.  La inversión se ha desmoronado por igual, ya que las empresas dejaron de lado sus planes de inversión ante la extrema incertidumbre. En tercer lugar, los confinamientos también afectaron a las finanzas, desinflando inmediatamente las burbujas de los mercados bursátiles de todo el mundo, pero también restringiendo los flujos de capital a los países en desarrollo y aumentando la perspectiva de una crisis financiera mundial en su expresión final.

Ante el desastre económico producido por el parón en la actividad, los estados nación tuvieron que responder con urgencia.

El gobierno de los Estados Unidos fortaleció su hegemonía mundial mediante el suministro de dólares, pero el resto de sus intervenciones fueron mucho menos seguras. Así, suministró enormes cantidades de liquidez a la economía nacional a través de su banco central, la Reserva Federal (Fed), llevando las tasas de interés prácticamente a cero y animando a las empresas privadas a endeudarse.  

Dada la escasez de liquidez internacional, a medida que los flujos de capital se secaban y el comercio se veía afectado, la Reserva Federal volvió a intervenir y contribuyó con dólares a través de canjes en los bancos centrales con los que también había negociado en la crisis anterior. No sólo eso, sino que la Fed también permitió a las instituciones obtener dólares cambiando bonos del Tesoro de los Estados Unidos. Además, parece que la necesidad más apremiante de dólares esta vez no se originó en los bancos europeos involucrados en transacciones especulativas con bancos estadounidenses, sino con instituciones japonesas que anteriormente habían proporcionado fondos en el mercado de pasivos titulizados de préstamos entre empresas estadounidenses. Las acciones del gobierno de los Estados Unidos indicaron que se pretendía evitar cualquier amenaza al papel del dólar como moneda mundial.  El dólar se volvería aún más dominante después de la crisis.

El contraste con China es notable. Las políticas económicas adoptadas por China reflejan la estructura de su economía, mucho menos financiarizada, así como su diferente equilibrio interno de poder. En lugar de depender principalmente de incentivos a las empresas privadas, el estado chino impulsó el empleo directamente a través de la movilización de empresas operadas por el estado, que siguen siendo cruciales para el núcleo de su economía. También lanzó un amplio programa de inversión pública en nuevas tecnologías, incluyendo el 5G. Aun así, el estado chino ha decidido no centrar sus esfuerzos en apoyar los ingresos personales, transfiriendo gran parte de la carga a los pobres, y se ha inclinado proporcionalmente menos en el suministro de crédito a través del banco central. La crisis económica es, sin duda, grave en China, pero el resultado es más leve en términos de desempleo y acumulación de capital.

El contraste con la UE es igualmente fuerte. En la UE, la crisis fue afrontada, en gran medida, de forma independiente por cada estado nación, sin coordinación alguna. Para los estados de la UE que forman parte del euro, la respuesta monetaria fue dictada por el Banco Central Europeo (BCE), que inicialmente fue reacio a proporcionar liquidez barata y abundante, pero finalmente introdujo su Programa de Pandemia, que la ofreció de manera abundante. Es esencial tener en cuenta que el programa contraviene los últimos remanentes del funcionamiento basado en normas del BCE, en total contraste con la lógica de su sistema institucional. El banco central proporcionaría liquidez al aceptar bonos estatales de baja solvencia crediticia (como los de Grecia) y rompiendo la «clave de capital» de sus estados miembros, es decir, en proporciones no relacionadas con su contribución a su capital. Días después de que se adoptaran estas medidas, el Tribunal Constitucional alemán tomó una decisión que impugna las políticas de suministro de liquidez que el BCE ha aplicado desde 2014. Eso supone un golpe a las políticas actuales del BCE y a la legislación europea, que puede tener profundas implicaciones para la supervivencia de la zona del euro.

Sin embargo, las diferencias más pronunciadas se relacionan con la política fiscal. También a este respecto, se abandonó el proceso de toma de decisiones basado en normas a favor de la discrecionalidad, que naturalmente sería ejercida por los estados nacionales. El Pacto de Estabilidad y Crecimiento, que supuestamente establecía el marco de la política fiscal en la UEM y más allá, fue suspendido, con lo cual se declaró de hecho una tregua en la austeridad. Los Estados nacionales podrían gastar de acuerdo a sus recursos. Al mismo tiempo, también se suspendió la regulación de las ayudas estatales, que controla la extensión de la ayuda estatal a la industria nacional con la supuesta intención de crear un «campo de juego equilibrado» en la UE. Los estados nacionales también podrían apoyar a sus industrias de acuerdo con sus recursos. Así pues, el euro perdió todos los últimos rastros de funcionamiento basado en reglas.

En abril, los gobiernos de la zona euro acordaron que se habilitarían 250.000 millones de euros como créditos para gastos en salud; se proporcionarían préstamos de 100.000 millones de euros para cubrir las subvenciones al desempleo; y se ofrecieron 25.000 millones como garantía de crédito para préstamos a pymes. Sin embargo, fue mucho más importante la propuesta de la Comisión Europea de poner en marcha un fondo de recuperación que habilitaría 750.000 millones de euros para gastos fiscales, de los cuales 400.000 millones serían en forma de subvenciones y el resto como préstamos baratos durante el período 2021-24. Los principales receptores serían las periferias de Europa Meridional y Central de la UE. El dinero se obtendría con endeudamiento de la Comisión en los mercados abiertos y se devolvería a través de impuestos adjuntos al presupuesto de la Comisión. La iniciativa de la Comisión impulsó a la UE hacia una forma de deuda conjunta, pero lo que es más importante, indicó que los países hegemónicos han comenzado a darse cuenta de la magnitud de la amenaza existencial para la UE que supone el coronavirus. Los detalles del plan aún están por anunciar, pero el cambio de dirección es importante.

Esta respuesta, aparentemente unificada, es una prueba más de que las viejas divisiones que habían asolado a la UE en el curso de la crisis de la eurozona han reaparecido con un nuevo disfraz. Una vez más Alemania es la protagonista. Está en el camino de reforzar su posición hegemónica, y su élite dirigente comienza a darse cuenta de que la nueva crisis podría inhabilitar decisivamente el mercado de la UE, que es efectivamente un mercado interno alemán. El punto fundamental aquí es que incluso si finalmente se hace un fondo común de alguna sustancia bajo el liderazgo de Alemania y Francia, esto no aumentará las fuerzas integradoras en la UE.

El terreno por delante

Al considerar cómo cubrir el costo de la crisis, es esencial tener en cuenta que es similar a una crisis capitalista que requiere un impulso en la demanda para evitar que los recursos existentes se inutilicen y se degraden. El costo inicial debe ser cubierto con endeudamiento público. En ningún caso deben aplicarse medidas generales de austeridad, que generarían una contracción de la prestación sanitaria y la reducción de los salarios. Cuando se movilicen los recursos existentes, estos generarán rendimientos a través de los cuales se cubrirán los costes iniciales. Para evitar problemas de distribución derivados de la deuda, que dan a los ricos reclamaciones adicionales sobre los recursos futuros, debe aumentar la tributación de los ricos, así como cancelaciones selectivas de deuda.

La intervención sostenida del gobierno para reestructurar la oferta, permitiéndole responder al impulso de la demanda, es mucho más crucial a este respecto. La debilidad de la oferta después de años de financiarización neoliberal y concentración de poder en manos de nuevos monopolios necesita pasos mucho más audaces que proporcionar crédito barato a las empresas privadas. La situación requiere una ola de inversión pública y un profundo cambio en la gestión de la propiedad y los recursos en interés de los trabajadores y la mayoría social. La crisis podría conducir a un cambio en el equilibrio de poder en su favor.

A este respecto, también es crucial tener en cuenta que, si bien algunos proveedores de servicios, como hoteles y restaurantes, han sido devastados, otros que requieren un contacto físico limitado, como Amazon, se han beneficiado enormemente. La prestación del servicio (incluso dentro de la fabricación) también se ha visto afectada por el auge de las instalaciones de vídeo-conferencias, que han beneficiado a los gigantes tecnológicos avanzados, como Microsoft. Los principales monopolios de la era de las finanzas, cuyo poder deriva de las nuevas tecnologías, saldrán de la crisis fuertemente reforzados si no se toman medidas para impedirlo.

En este momento de extrema dificultad, los gobiernos también deben proporcionar ingresos que permitan a las familias superar al menos el umbral de pobreza, y hacerlo durante un largo período de tiempo hasta que la recuperación económica esté en marcha. Esto debe incluir a los pensionistas, los trabajadores por cuenta propia, los trabajadores pobres y los desempleados que de otro modo no tendrían acceso a ningún subsidio. A este respecto, la adopción de una Renta Básica de Pandemia (RBP) sería un paso importante para impulsar la demanda de manera sostenida y crear condiciones favorables para una intervención pública audaz en el lado de la oferta. La Renta Básica de la Pandemia funcionaría como un impuesto sobre la renta de carácter negativo. Esto significa que esta renta podría ser recaudada parcial o totalmente en la declaración al final del año fiscal. Esta medida tendría un fuerte impacto en la demanda. Estimamos que el efecto multiplicador de los gastos en España sería superior a 1,3. Esto significa que cada euro gastado aumentaría el PIB en más de 1,3 euros. Por lo tanto, el impacto expansivo en la demanda de cada euro gastado sería significativo, reduciendo el tamaño del déficit con el aumento del PIB. Además, esto significaría que una parte de este gasto volvería al estado en forma de impuestos. Nuestras estimaciones conservadoras son que al menos el 50% de los gastos serían recaudados a través de impuestos. El efecto combinado del multiplicador de gastos y la recuperación de los ingresos fiscales reduciría el costo fiscal de esta renta al 3,9% del PIB. Un análisis de sensibilidad y la ampliación del pago de la RBP de 8 a 12 meses nos proporciona un rango del 2% al 6% del PIB de costo fiscal neto. Además, estimamos que habría un ahorro mínimo de 15.000 millones de euros en prestaciones de desempleo hasta finales de año, ya que ambos subsidios serían complementarios al importe de la Renta Básica de la Pandemia. Además, evitaría que el presupuesto de salud pública creciera en varios miles de millones de euros.

Una Renta Básica de Pandemia adecuadamente definida, podría demostrarse una herramienta importante para hacer frente a la crisis y cambiar el equilibrio social en favor de la clase trabajadora. Podría ser una manera efectiva de dar un golpe al capitalismo neoliberal que ha dominado la vida económica y social durante cuatro décadas. La RBP sería un elemento clave para reactivar la demanda y, por supuesto, mejorar las condiciones de vida de la población. Además, es el paso necesario para generar el apoyo para que las inversiones públicas den sus frutos en la reactivación y reestructuración de la oferta, lo que podría facilitar una transición desde la RBP a la inserción laboral de sus beneficiarios.

A este respecto, es esencial tener en cuenta que la inversión pública para la recuperación debe estar sujeta a determinadas condiciones sociales. La inversión pública debe formar parte de un plan de transformación social y ambiental. Cuando la intervención pública directa no sea una opción, los fondos de recuperación proporcionados a empresas privadas en forma de crédito o subvenciones deben condicionarse a indicadores ambientales, sociales y gubernamentales (ESG) que sean representativos de estos tres pilares, y que puedan ser medidos y objetivados a través de certificación o auditoría. Además, esto debe permitir evaluar correctamente el impacto social, ambiental y en la gobernanza de la inversión pública. La generalización de este sistema de certificación ESG requeriría aplicarlo a la contratación pública, que representa el 14 % del PIB en la UE. Estas condiciones favorecerían que las grandes empresas transiten hacia mayores grados de sostenibilidad y reequilibrarían la provisión de fondos públicos en favor de las pequeñas y medianas empresas, que son fundamentales para mantener el empleo y constituyen una importante columna vertebral social.

Además, el plan de recuperación necesita profundidad y amplitud, lo que significa que necesita una amplia extensión con un alto grado de granularidad institucional. Para tener éxito en este sentido, el esfuerzo del plan de recuperación debe distribuirse entre los diferentes niveles de las administraciones públicas, con especial énfasis en las administraciones locales, que deberían ver un aumento de su financiación y su capacidad política.  Los planes de recuperación locales deben ajustarse y reforzarse con políticas sociales e industriales de nivel superior, que sean coherentes con las necesidades y recursos específicos de cada región.

Servicios públicos e impuestos

Para reforzar el alcance de la oferta de nuestras economías y mejorar la resiliencia de nuestras sociedades en caso de una crisis futura, se deberán desmercantilizar y reforzar los servicios públicos que han estado bajo tensión durante la crisis y que no han podido responder adecuadamente. Los servicios de salud y atención social, además de los sistemas de transporte público y logística, y la educación pública, requieren una atención especial.

Para ello, será necesario aumentar el carácter progresivo de los sistemas tributarios, evitando que las empresas que no cumplan las condiciones mínimas de interés común accedan a las ayudas públicas, limitando las fugas de capital, aumentando la fiscalidad a las grandes empresas y prohibiendo la elusión fiscal. En Canadá, Dinamarca, Francia y Polonia, por ejemplo, las empresas con sedes registradas en la lista de paraísos fiscales de la UE no podrán acceder a subvenciones públicas que se concedan para proteger el suministro de bienes y servicios a nivel nacional, proteger los puestos de trabajo y mantener los ingresos fiscales. Estas modestas medidas deben generalizarse y profundizarse para poner fin a la elusión fiscal y cerrar todos los paraísos fiscales.

Otra sugerencia interesante es la de Portugal, aunque hasta ahora no ha habido ninguna medida específica al respecto, en la que tanto el gobierno como la oposición han defendido públicamente que los bancos no deben obtener ningún beneficio durante los años 2020 y 2021, y que deberían aumentar la provisión de crédito para apoyar a la economía a cambio de los rescates que recibieron después de 2008. Esta debería ser la segunda mejor alternativa a la nacionalización de los grandes bancos.

Conclusión

Las relaciones económicas y sociales existentes se remodelarán profundamente a medida que los gobiernos tomen medidas para hacer frente a la crisis. Esto no significa en absoluto que el neoliberalismo se vaya a destruir a sí mismo. Los conflictos sociales de clase y de otros tipos, se agudizarán; de hecho, ya lo están haciendo. La inevitable turbulencia ofrece una oportunidad histórica a la izquierda para cambiar el equilibrio de fuerzas en beneficio del trabajo y contra el capital.

Por todo ello, será absolutamente necesario presionar y llevar a cabo acciones concertadas, desde abajo, que obliguen a las fuerzas dominantes del capital a retroceder. La demanda de una Renta Básica de Pandemia podría desempeñar un papel muy importante en este sentido.

C. Lapavitsas, L. Torrens, S. Cutillas y P. Cotarelo

Artículo originalmente publicado en: https://sobiranies.cat/es/confrontant-la-crisi-del-coronavirus-per-una-renda-basica-de-pandemia-amb-evidencia-despanya/

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Gobernar la ciudad más allá de la ciudad

Las grandes áreas urbanas del siglo XXI ya no caben dentro de los límites de sus municipios. La expansión de las ciudades, la movilidad diaria entre localidades y los retos compartidos —desde la vivienda hasta el cambio climático— exigen una gobernanza metropolitana, capaz de coordinar decisiones que afectan a millones de personas y a territorios interconectados. Pensar en una escala metropolitana Las ciudades actuales funcionan como redes vivas. Las personas residen en un municipio, trabajan en otro, consumen recursos que vienen de un tercero y generan impactos ambientales que se extienden mucho más allá de sus fronteras administrativas. En este contexto, los problemas urbanos —movilidad, contaminación, vivienda, gestión del agua o residuos— ya no pueden resolverse de forma aislada. Por otro lado, el cambio climático agrava esta situación. Las emergencias asociadas a fenómenos extremos, como las DANA (depresiones aisladas en niveles altos) que afectan recurrentemente al Mediterráneo, o los incendios, revelan las limitaciones de la gestión fragmentada. Cuando cada ayuntamiento actúa por su cuenta, se ralentiza la respuesta y se pierden recursos valiosos. La gestión de riesgos climáticos, como inundaciones, olas de calor o incendios forestales, exige una visión que trascienda los límites municipales y aborde los fenómenos a escala territorial. Las decisiones sobre urbanización, infraestructuras o usos del suelo en un municipio pueden tener efectos directos sobre los territorios vecinos. Una planificación metropolitana permite delimitar los usos del suelo con una visión amplia, garantizar una proporción adecuada de superficies permeables e infraestructuras capaces de absorber y retener el agua, asegurar espacios de laminación y drenaje, y revisar infraestructuras supramunicipales que pueden actuar como barreras o trampas de avenidas. Al mismo tiempo, esta escala de gestión facilita coordinar la disponibilidad de refugios climáticos de distinta tipología, organizar redes de centros sanitarios y logísticos para atender a población desplazada, y prever espacios de acopio y distribución de ayuda en emergencias de gran escala. Esta mirada integral amplía el foco de la gestión del territorio y permite responder con mayor eficacia y equidad ante la complejidad de los riesgos contemporáneos. Un órgano metropolitano ofrece un marco institucional común para coordinar políticas, compartir infraestructuras, optimizar servicios y anticipar riesgos climáticos, orientado a gobernar el territorio real, y no solo el nivel administrativo. Barcelona como referencia: una gestión integrada El Área Metropolitana de Barcelona (AMB) es el ejemplo más avanzado de este tipo de gobernanza en España. Agrupa a 36 municipios y gestiona competencias amplias que van desde el urbanismo hasta la movilidad, la vivienda, el medio ambiente o el desarrollo económico. Algunas de sus áreas clave son las siguientes: • Ordenación del territorio y urbanismo: planifica el crecimiento urbano con criterios de sostenibilidad, equilibrio social y eficiencia territorial. • Transporte y movilidad: coordina autobuses, metro y redes metropolitanas, fomentando la intermodalidad y la reducción de emisiones. • Medio ambiente y sostenibilidad: gestiona el ciclo del agua, los residuos y programas de protección ambiental y biodiversidad, incluyendo un plan metropolitano de lucha contra el cambio climático. • Energías renovables: impulsa instalaciones sostenibles y apoya la transición energética de los municipios. • Vivienda y cohesión social: actúa por delegación de los ayuntamientos para garantizar una política de suelo solidaria entre municipios. • Desarrollo económico y empleo: fomenta la innovación, la creación de empresas y la competitividad regional. Este modelo demuestra que la cooperación institucional amplía la capacidad de acción frente a desafíos que ningún municipio puede resolver por sí solo, aunque la capital sea tan importante como Barcelona. Una oportunidad por aprovechar frente a los desafíos actuales El contraste entre AMB y las mancomunidades de municipios que existen muestra cómo un órgano metropolitano integra la planificación estratégica y coordina los recursos, mientras que las mancomunidades actuales se limitan a la gestión de servicios puntuales, lo cual no alcanza la escala estratégica necesaria para abordar los grandes retos urbanos y ambientales de la región que abarcan. Ciudades como Valencia y su entorno forman una de las áreas metropolitanas más dinámicas del Mediterráneo, con un metabolismo social integrado: los flujos de personas, recursos, energía y residuos circulan diariamente entre municipios. Pero carece de un órgano político capaz de coordinar ese metabolismo y transformarlo hacia la sostenibilidad. Algo similar sucede en otras áreas metropolitanas, que existen en la realidad socioeconómica pero no en la administrativa. Crear un ente metropolitano de gestión —con competencias claras en movilidad, vivienda, planificación territorial y adaptación climática— permitiría mejorar la eficiencia institucional, reducir duplicidades y anticipar riesgos ambientales como los derivados del cambio climático. Adaptación al cambio climático: una visión integrada La creación de órganos metropolitanos no es solo una cuestión de gobernanza, sino una estrategia de adaptación climática. Las aglomeraciones urbanas concentran población, infraestructuras críticas y emisiones, pero también concentran capacidad de innovación y de acción colectiva. Un sistema metropolitano bien diseñado puede: • Coordinar planes de emergencia y protección civil ante fenómenos extremos, integrando la gestión de riesgos climáticos (inundaciones, olas de calor e incendios…) mediante infraestructuras de refugio, sistemas de alerta temprana y redes supramunicipales de asistencia y apoyo. • Gestionar el ciclo del agua y los residuos de forma integrada. • Reducir las emisiones mediante transporte público y energía limpia. • Planificar la expansión urbana evitando zonas de riesgo climático. • Impulsar la resiliencia económica y social, garantizando igualdad territorial. En definitiva, permite pasar de la reacción a la prevención estratégica, con decisiones basadas en datos y cooperación, y a la cultura de la resiliencia, con estructuras y mecanismos diseñados para garantizar la capacidad de resistir. P. Cotarelo y O. Mayoral
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Conocimiento del territorio frente a la crisis climática

La actualidad nos coloca ante aparentes paradojas como el hecho de que vivimos en un mundo de conexiones globales con cantidades ingentes de información disponible sobre cualquier tema casi en tiempo real, pero a menudo desconocemos los detalles del lugar que pisamos y del que dependemos para las actividades más básicas. Quizás sabemos más de las capitales del mundo occidental que de la historia geológica de nuestro valle, río o montaña, y estamos más familiarizados con las tendencias internacionales que con los patrones de lluvia, los vientos dominantes o los procesos de regresión o avance de nuestra línea de costa tras los temporales. Sin embargo, en un contexto de cambio climático, este desconocimiento de nuestro territorio se ha convertido en un lujo muy arriesgado. Más allá del mapa: un conocimiento vivo y multidimensional Ahora bien, conocer un territorio no es solo poder señalar sus fronteras en un mapa. Significa comprender su ecología, su historia, su cultura y sus relaciones humanas. Es entender, por ejemplo, por qué un ecosistema es resiliente al fuego y otro no, o cómo la gestión del territorio del pasado condiciona los riesgos del presente. Se trata de apreciar su antropología, su memoria colectiva y sus relatos, han sabido leer las señales del clima a lo largo de las generaciones. Conocer el territorio también implica reconocer los distintos “saberes situados” que lo explican: el conocimiento científico, el técnico, el campesino, el tradicional o el emocional. El conocimiento situado, el que nace de la experiencia directa con el entorno, complementa la ciencia académica y enriquece la toma de decisiones locales. Todos ellos aportan piezas esenciales de una misma realidad, donde la observación cotidiana y la experiencia directa son tan valiosas como los datos satelitales o los informes técnicos. El objetivo de un mejor y más comprehensivo conocimiento del territorio es dotar a las personas de una «lente territorial» con la que interpretar su realidad, comprendiendo, por ejemplo, que un barrio construido sobre un cauce natural seco no es solo un dato urbanístico, sino un futuro riesgo de inundación. Esta “lente” permite conectar conocimiento y responsabilidad, y entender que cada decisión local forma parte de un sistema interconectado. Herramientas para una revolución educativa local La necesidad de una “lente territorial” para interpretar la realidad interpela al conjunto de la sociedad. Por ello, el conocimiento sobre el entorno local debe basarse en un ecosistema educativo adaptado a las realidades sociales y generacionales. En este contexto, el desarrollo de una “competencia climática–territorial” se vuelve clave. Esta competencia puede definirse como la capacidad para comprender el territorio que se habita, identificar riesgos y vulnerabilidades asociados al clima, y actuar de manera individual y colectiva para prevenir, mitigar y adaptarse, participando en la gestión y gobernanza local. El marco europeo GreenComp sobre competencias en sostenibilidad proporciona una referencia útil para orientar esta competencia. Entre sus 12 competencias destacan el pensamiento sistémico, la contextualización de los problemas y la acción colectiva, todas ellas estrechamente vinculadas al conocimiento territorial. La integración de estos elementos en el currículo educativo asegura que cualquier persona que pase por nuestro sistema educativo adquiriera una base sólida de lectura del paisaje, análisis del riesgo y compromiso con su entorno. Una pedagogía de este tipo debería comprender elementos tales como: El conocimiento como antídoto contra la vulnerabilidad Aunque sea incómodo hacerlo, es necesario reconocer que la vulnerabilidad es desigual. La vulnerabilidad a los efectos del cambio climático o a otros fenómenos no es la misma para todas las personas ni en todas las etapas de la vida. Ésta depende de factores sociales, económicos y de género. Por ejemplo, una persona mayor que vive sola en una planta baja, sin red familiar y con movilidad reducida, es intrínsecamente más vulnerable a una inundación que un joven en un piso alto. El conocimiento del territorio es un «igualador crítico» ya que empodera a las personas más vulnerables, dándoles los recursos cognitivos y prácticos para entender su riesgo y saber cómo actuar. La justicia climática empieza reconociendo que no todas las comunidades enfrentan las mismas amenazas ni disponen de los mismos recursos para afrontarlas. Conocer el territorio, entonces, no es solo una cuestión educativa, sino también ética y política. Hacia una ciudadanía arraigada y resiliente Un plan integrado de conocimiento del territorio es una estrategia fundamental de adaptación al cambio climático y de construcción de resiliencia social. Es la diferencia entre ser espectadores pasivos de los desastres y ser agentes activos de nuestra propia seguridad. Se trata de una iniciativa profundamente democrática que devuelve el poder del saber a la sociedad. Lo es porque fomenta una ciudadanía «arraigada», con raíces profundas en la comprensión de su entorno, capaz de disfrutar de él y de leer las señales de alarma, de participar en las soluciones y de cuidar el lugar que considera su hogar. Sentir el territorio como propio es el primer paso para cuidarlo colectivamente, para reconocer en él una extensión de nuestra propia historia y de nuestra vida compartida. En un mundo de emergencia climática, el conocimiento hiperlocal, el que se adquiere caminando, observando y escuchando, se convierte en la primera línea de defensa, en la base de nuestra seguridad. O. Mayoral y P. Cotarelo
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Adaptar el territorio a sus límites: una nueva mirada a la sostenibilidad regional

En el contexto del cambio climático, en el que el desarrollo humano empuja cada día más los límites biofísicos, pensar el territorio desde su capacidad de carga ya no es una cuestión académica, sino una necesidad urgente. Las ciudades y regiones deben aprender a funcionar como organismos sostenibles, capaces de mantener su vitalidad sin agotar los recursos naturales ni deteriorar el entorno del que dependen. El metabolismo social: entender la vida del territorio Así como un organismo necesita energía y nutrientes para sobrevivir, las sociedades humanas también tienen un metabolismo: extraen recursos, los transforman, producen bienes y generan residuos. Este flujo constante de materia, energía e información configura el llamado metabolismo social. Aplicar este enfoque al territorio permite medir su capacidad de carga, es decir, determinar hasta qué punto puede soportar una determinada presión humana sin deteriorarse. Al identificar unidades metabólicas regionales, se pueden analizar los intercambios entre la naturaleza y la sociedad y, a partir de ahí, orientar las políticas públicas hacia una adaptación realista. El objetivo es alinear el funcionamiento de la sociedad con los ritmos y límites del ecosistema. Cuando una región consume más de lo que su entorno puede regenerar, se debilita a largo plazo. Por el contrario, una planificación que respeta su metabolismo construye resiliencia y bienestar duradero. Más allá del urbanismo clásico El diseño urbano tradicional ha tendido a centrarse en la relación entre población y suelo construido, pero lo ha hecho de forma parcial. Las ciudades crecen empujadas por necesidades demográficas, económicas o políticas, y esa expansión a menudo genera impactos ambientales y sociales difíciles de revertir. La historia de los últimos siglos es la historia en la que el desarrollo urbano y la distribución de la población están profundamente entrelazados. No se trata solo de dónde viven las personas, sino de cómo se distribuyen las funciones del territorio, qué movilidad requieren, qué consumo energético implican y cómo transforman el paisaje. Los sistemas urbanos son combinaciones complejas de factores económicos, sociales, ecológicos y culturales. Comprender su sostenibilidad exige verlos como un todo, no como piezas separadas. En este sentido, el enfoque metabólico permite integrar esa complejidad: medir los flujos, entender sus interacciones y diseñar políticas coherentes con la realidad material de cada región. Urbanización y resiliencia El modo en que se urbaniza un territorio define su resiliencia frente a fenómenos tan disruptivos como el cambio climático. Mientras que una expansión dispersa incrementa el consumo energético y la fragmentación del hábitat, una densificación excesiva puede colapsar los servicios básicos. En ambos extremos, se rompe el equilibrio del metabolismo urbano. Por el contrario, analizar la relación entre población y suelo edificado permite detectar esas tensiones y rediseñar los patrones de ocupación, en relación, por ejemplo, con la reducción de la dependencia del transporte motorizado, con la promoción de la autosuficiencia energética o con la integración de los espacios verdes en la estructura urbana. El resultado de la incorporación de una visión resiliente al urbanismo permite pasar de ciudades que consumen el territorio a ciudades que conviven con él. Hacia un nuevo pacto territorial Adecuar la adaptación a la capacidad de carga significa, en el fondo, redefinir la relación entre la sociedad y su entorno. Implica reconocer que el bienestar humano no depende de dominarlo, sino de convivir con él dentro de límites sostenibles. Este enfoque da lugar a lo que podríamos llamar un pacto metabólico. Es decir, un acuerdo implícito entre la población y su territorio para mantener un equilibrio funcional. Cuando ese pacto se rompe —por sobreexplotación, contaminación o desigualdad territorial—, el sistema entra en crisis. Adoptar una metodología basada en el metabolismo social permite reconstruir ese pacto con bases científicas y políticas sólidas orientándolo hacia la sostenibilidad funcional, donde la prosperidad no se mida solo en crecimiento económico, sino en estabilidad ecológica, equidad social y calidad de vida. Una metodología con vocación práctica La forma concreta de incorporar el metabolismo social a la planificación territorial y climática podría basarse en cuatro pasos esenciales: 1. Delimitar unidades metabólicas regionales Espacios donde los flujos de energía, agua, materiales y población se comportan de manera coherente. Estas unidades permiten analizar cada territorio como un sistema vivo. 2. Evaluar la capacidad de carga Determinar el punto en que la presión humana —urbana, industrial, agrícola o turística— supera la capacidad del entorno para regenerarse. Este cálculo integra factores ecológicos, sociales y económicos. 3. Ajustar las políticas públicas Traducir los resultados del análisis en decisiones concretas: dónde expandir o densificar, cómo planificar la movilidad, qué usos del suelo priorizar o qué límites imponer al consumo de recursos. 4. Monitorear y adaptar Los territorios cambian, y las políticas deben cambiar con ellos. Por eso es necesario un sistema de seguimiento continuo, con indicadores que permitan ajustar las estrategias en tiempo real. P. Cotarelo y O. Mayoral
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Derechos más allá del humano

Durante siglos, el concepto “derechos” se ha reservado a las personas. Sin embargo, el siglo XXI está ampliando ese horizonte y la naturaleza empieza a ser reconocida como sujeto de derechos. Este cambio, que puede parecer simbólico, supone una verdadera revolución jurídica, ética y política. Significa pasar de proteger el medio ambiente “por utilidad” a reconocerle valor propio y capacidad de existencia. El punto de partida es un caso pionero: la Ley 19/2022, que otorgó personalidad jurídica al Mar Menor y su cuenca. A partir de esta experiencia, se abre un debate más amplio: ¿qué significa reconocer derechos a un ecosistema?, ¿qué cambia en la gestión ambiental cuando el territorio deja de ser un objeto y se convierte en un sujeto? El precedente del Mar Menor: cuando la naturaleza habla en primera persona La Ley 19/2022, aprobada por el Congreso de los Diputados en 2022, convirtió al Mar Menor en el primer ecosistema europeo reconocido como sujeto de derechos. Este paso histórico se inspiró en modelos internacionales –como los ríos Whanganui en Nueva Zelanda o Atrato en Colombia–, donde comunidades y juristas habían defendido que los ecosistemas debían contar con mecanismos legales propios de defensa. Según la ley española, el Mar Menor tiene reconocidos cuatro derechos fundamentales: 1. Derecho a existir y evolucionar naturalmente Implica respetar las leyes ecológicas que sustentan su equilibrio. No se trata solo de “conservar” la laguna, sino de permitirle regenerarse y evolucionar según sus dinámicas naturales, libres de presiones humanas desmedidas. 2. Derecho a la protección Supone detener o no autorizar actividades que representen un riesgo para su integridad, como vertidos, construcciones o sobreexplotaciones. 3. Derecho a la conservación Exige acciones activas para preservar especies, hábitats y espacios protegidos asociados a la laguna y su cuenca. 4. Derecho a la restauración Obliga a reparar los daños causados, devolviendo al ecosistema su funcionalidad y los servicios naturales que ofrece a la sociedad. Para hacer efectivos estos derechos, la ley creó un sistema de representación institucional: un Comité de Representantes, una Comisión de Seguimiento y un Comité Científico. En conjunto, actúan como la “voz” del Mar Menor ante las administraciones y los tribunales. Con esta estructura, la laguna deja de ser un mero espacio natural gestionado por políticas sectoriales y se convierte en una entidad política y jurídica con legitimidad propia. De la protección a la convivencia: hacia una nueva cultura jurídica El reconocimiento de derechos a entidades más que humanas marca un giro radical en la forma de entender la relación entre sociedad y naturaleza. Hasta ahora, la legislación ambiental se ha centrado en regular el uso de los recursos: cuánto se puede extraer, verter, ocupar o transformar. Pero en un contexto de crisis climática y colapso ecológico, ese modelo ha mostrado sus límites. Reconocer a un ecosistema como sujeto de derechos significa superar la visión instrumental —la naturaleza como “propiedad” o “recurso”— para situarla como parte de la comunidad de la vida, con dignidad y voz propia. Este cambio tiene consecuencias profundas: • Introduce nuevos criterios éticos en la toma de decisiones públicas. • Refuerza la responsabilidad ecológica de las instituciones y empresas. • Permite acciones legales en nombre del ecosistema, incluso cuando no haya afectación directa a personas. • Amplía la noción de justicia hacia un plano ecológico y colectivo. El concepto de “entidades más que humanas” abarca no solo ríos o lagunas, sino también bosques, montañas, suelos, humedales o especies clave que sostienen la vida en una región. Cada una podría, en determinadas condiciones, ser reconocida como sujeto de derecho ecológico, especialmente aquellas esenciales para la adaptación climática.Este cambio también se apoya en una comprensión más profunda de la propia naturaleza. Los ecosistemas no son simples agregados de elementos biológicos o geográficos, sino sistemas complejos con propiedades emergentes (como la autorregulación, la resiliencia o la capacidad de adaptación) que les permiten mantener su equilibrio y sostener la vida. Estas propiedades surgen de la interacción entre sus componentes, y no pueden entenderse a partir de la suma de las partes. Así, estos nuevos derechos no solo amplían el marco legal, sino que reflejan una evolución en la comprensión científica y ética del planeta: reconocer a la naturaleza como un conjunto de seres interdependientes, dotados de capacidad de respuesta y valor intrínseco. Adaptación climática con derechos La inclusión del reconocimiento formal de derechos de las entidades más que humanas en las políticas de adaptación al cambio climático podía garantizar una adaptación más justa, duradera y coherente con los límites biofísicos. Por ejemplo, otorgar derechos a ecosistemas estratégicos —como humedales, ríos o bosques— permitiría: • Establecer mecanismos de defensa legal automáticos frente a amenazas. • Asegurar la prioridad ecológica en los procesos de planificación. • Fomentar la cogestión entre instituciones y comunidades locales. • Impulsar una visión territorial integrada que trascienda la división administrativa. De esta manera, la adaptación al cambio climático dejaría de ser solo una política técnica y pasaría a ser una cuestión de justicia ecológica. Una corriente global en expansión El reconocimiento de derechos a la naturaleza no es una rareza aislada. En los últimos años, esta corriente se ha extendido por todo el mundo: • Ecuador fue el primer país en consagrar en su Constitución (2008) los “derechos de la naturaleza” (Pachamama). • Bolivia aprobó la Ley de la Madre Tierra (2010), reconociendo su valor intrínseco. • En Colombia, la Corte Constitucional declaró al río Atrato sujeto de derechos. • En Nueva Zelanda, el río Whanganui y el Monte Taranaki cuentan con personalidad jurídica y guardianes designados. • En India, los ríos Ganges y Yamuna recibieron estatus similar (aunque con controversias judiciales posteriores). Hacia una democracia más que humana En última instancia, explorar y reconocer nuevos derechos para las entidades más que humanas es una forma de democratizar la relación con los ecosistemas, que dejan de ser simples escenarios donde ocurre la vida humana, convirtiéndose en actores con agencia y vulnerabilidad propias. Reconocer la complejidad de los ecosistemas implica aceptar su capacidad de respuesta y su papel en los equilibrios del
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Hacia el reconocimiento del derecho a un medio ambiente sano

Vivimos tiempos de transformación profunda. Mientras los efectos del cambio climático se hacen cada vez más palpables en nuestro día a día – desde olas de calor más intensas hasta fenómenos meteorológicos extremos –, una transformación silenciosa está teniendo lugar en el ámbito del derecho que busca responder a la pregunta fundamental sobre si tenemos derecho a un medio ambiente sano. La respuesta afirmativa a esta cuestión ha puesto en marcha un movimiento jurídico y político internacional que está redefiniendo las obligaciones de los Estados y los derechos de la ciudadanía. La emergencia climática como cuestión de Derechos Humanos Tradicionalmente, se ha conceptualizado el cambio climático como un problema ambiental, energético o económico. Sin embargo, esta perspectiva se está quedando corta. La crisis climática es, ante todo, una crisis de derechos humanos, y la percepción social sobre ella se acerca progresivamente a esta interpretación. Porque un entorno y un clima estables constituyen la base sobre la que se sostienen todos los demás derechos. Sin ello, el derecho a la salud se ve comprometido por las enfermedades propagadas por el calor o la contaminación; el derecho a la vivienda, amenazado por los desalojos forzosos tras una inundación; el derecho a la vida, en riesgo por la violencia de los fenómenos meteorológicos extremos; el derecho a la alimentación, asediado por las sequías que arrasan los cultivos; y el derecho a la igualdad, en estado crítico porque son los más vulnerables – las personas empobrecidas, las personas mayores, los pueblos indígenas – quienes sufren de manera desproporcionada los efectos de un clima inestable. La comunidad científica lleva tiempo señalando que la degradación de los ecosistemas, la deforestación y la pérdida de biodiversidad tienen consecuencias directas sobre la salud humana, al alterar los equilibrios ecológicos que nos sostienen. No se trata solo de evitar los daños que recaen sobre nosotros, sino de comprender que formamos parte del mismo sistema vivo. Esta comprensión desafía el paradigma antropocéntrico tradicional, que ha situado históricamente a la humanidad por encima del resto de la naturaleza. Esta visión integral, respaldada por el enfoque de Una Sola Salud, impulsada por la Organización Mundial de la Salud (OMS) y por la comunidad científica, nos recuerda que la salud humana, la salud animal y la salud de los ecosistemas están íntimamente interrelacionadas, y refuerza la necesidad de políticas que reconozcan la continuidad entre la salud humana, la salud de los ecosistemas y el derecho a un entorno sano. La investigación y la ciencia han trabajado las últimas décadas para comprobar esta conexión entre el cambio climático y la vulneración de derechos a través de sus impactos. El siguiente paso para la protección de dichos derechos corresponde al ámbito jurídico, que deberá traducir este reto en derechos exigibles y obligaciones concretas. Es en este punto donde la Opinión Consultiva OC-32/25 de la Corte Interamericana de Derechos Humanos (IDH) marca un antes y un después. El dictamen de la Corte IDH: un nuevo paradigma legal En mayo de 2025, a petición de Chile y Colombia, la Corte IDH se pronunció sobre las obligaciones de los Estados en el marco de la Emergencia Climática. Su opinión no es una mera recomendación; es una hoja de ruta jurídica detallada y vinculante para los países que forman parte del sistema interamericano. La Corte desglosa las obligaciones de los Estados en cuatro pilares fundamentales: 1. Obligaciones generales en el marco de la emergencia climática La Corte deja claro que los Estados tienen el deber de prevenir los efectos catastróficos del cambio climático. Esto ya no es una opción política, sino una obligación legal. Los gobiernos deben tomar todas las medidas necesarias –legislativas, administrativas, judiciales– para garantizar que las actividades bajo su jurisdicción no causen un daño transfronterizo significativo. La inacción, o la acción insuficiente, puede constituir una violación de los derechos humanos. 2. Obligaciones derivadas de los derechos sustantivos La Corte vincula explícitamente la emergencia climática con derechos ya consagrados, como el derecho a la vida y a la integridad personal. Un medio ambiente sano es una condición esencial para su disfrute. En la práctica, esto podría significar que una persona o una comunidad podría demandar al Estado si, por ejemplo, la contaminación del aire de una central térmica cercana está afectando gravemente su salud, argumentando una violación de su derecho a la integridad personal por la inacción del Estado en regular adecuadamente esa fuente de emisiones. 3. Obligaciones de procedimiento: transparencia y participación Los Estados no solo deben actuar, sino que deben hacerlo de una manera determinada. Esto incluye: a. Acceso a la información: garantizar que la ciudadanía tenga acceso a información clara, oportuna y comprensible sobre los impactos climáticos y las políticas para enfrentarlos. b. Participación pública: permitir que las personas intervengan de manera significativa en la toma de decisiones ambientales, como la aprobación de un proyecto con elevada huella de carbono c. Acceso a la justicia: asegurar que existan mecanismos judiciales o administrativos accesibles para impugnar acciones u omisiones que afecten el medio ambiente. 4. El Principio de igualdad y no discriminación La Corte es contundente ante el hecho de que la crisis climática es una crisis de desigualdad. Las obligaciones estatales deben aplicarse con una perspectiva de equidad, priorizando la protección de los grupos en situación de vulnerabilidad que se ven afectados de manera desproporcionada. Las políticas climáticas deben ser diseñadas para protegerles específicamente, evitando que la carga del cambio climático recaiga sobre quienes menos han contribuido a causarlo. Hacia un nuevo contrato social La exploración para incluir estos derechos implica un cambio profundo en la relación entre la ciudadanía, el Estado y el entorno. El reconocimiento del derecho a un medio ambiente sano no solo protege a las generaciones presentes, sino que extiende la justicia hacia quienes aún no han nacido. Este nuevo paradigma jurídico reconoce que la salud del planeta es, en sí misma, un bien jurídico que sostiene el resto de los derechos fundamentales. Siguiendo el liderazgo de la Corte Interamericana, los Estados tienen la oportunidad de evolucionar, de pasar
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La productividad contra los cuidados, una historia mal contada

La baja productividad en España genera preocupación desde hace tiempo por sus efectos sobre la economía. Según los datos de Eurostat, en la última década (2013-2023) España se encuentra a la cola de los países de la UE en lo que se refiere a crecimiento del PIB por persona ocupada, lejos de la media de la UE y muy lejos de los países líderes (Irlanda y Rumanía). Fuente: Instituto de Estudios Económicos a partir de Eurostat Asimismo, la productividad (PIB por hora trabajada) en 2023 presenta unos resultados similares (aunque en este caso la posición respecto al resto de países de la UE no sea tan retrasada). Considerando con el varo 100 la media de la UE, España presenta un 96,3 en productividad (PIB por hora trabajada). Fuente: Instituto de Estudios Económicos a partir de Eurostat El primer paso para realizar un análisis de la productividad comparada es reflexionar sobre la utilidad de un indicador de esas características y estudiar si realmente es útil para comparar la eficiencia de las economías nacionales. Si la productividad se define como el indicador de eficiencia que relaciona la cantidad de recursos utilizados con la cantidad de producción obtenida, su utilidad debería restringirse a sistemas productivos comparables o similares. Por tanto, comparar países con matrices productivas muy diferentes, como ocurre incluso en el caso de los miembros de la UE, podría carecer de sentido o de utilidad real en el proceso de toma de decisiones de carácter político o estratégico. Y todo ello sin profundizar demasiado en la división internacional del trabajo, que influye también dentro de la UE, y que condiciona (y casi determina) las características de las matrices productivas de los diferentes países. Considerando lo anterior, que en la mayoría de las ocasiones en las que se debate sobre productividad se ponga el foco en el lado del trabajo es muy inadecuado. Ya sea la actitud de las personas frente a su trabajo, ya sea el sistema de protección de los derechos laborales, parece que la responsabilidad recae en las personas trabajadoras. Este tipo de análisis no tiene en cuenta dos grandes variables de carácter estructural, además de las debilidades metodológicas comentadas. En primer lugar, la configuración sectorial de la economía de un país determina los límites o los parámetros entre los cuales puede desarrollarse su productividad. La mayor dependencia de sectores que pueden desarrollar bajas productividades por sus características intrínsecas conduce a bajas productividades como país. Normalmente corresponde a ciertas actividades industriales y a los servicios financieros las productividades más elevadas, actividades que no predominan en la economía española. Este tipo de factor ayuda a comprender mejor algunas de las causas de las cifras de productividad españolas a lo largo de la historia reciente, y porqué sin un cambio significativo en la estructura sectorial de nuestra economía su productividad no tiene la posibilidad de variar cualitativamente. Por otro lado, llama la atención que entre los factores que se suelen seleccionar como influyentes en la productividad se incluye el capital humano (así como el capital físico, el capital tecnológico, el capital empresarial, y el marco regulatorio e institucional), pero sin embargo en él sólo se incorpora el grado de educación superior de las personas trabajadoras, y no otros elementos que se pueden considerar en dicha categoría. Cabe preguntarse entonces si las competencias de las personas en el trabajo sólo dependen de su titulación académica, cuando la experiencia nos sugiere toda una serie de otros factores igual o más importantes que la titulación. La motivación, el estrés, el estado de salud, la alimentación y el entorno afectivo serían algunos de los factores a considerar en el análisis de la productividad, si se pretende realizar un análisis riguroso. Fuente: Instituto de Estudios Económicos a partir de Eurostat En algunos estudios, no obstante, se considera la salud de las personas trabajadoras como un factor a tener en cuenta al analizar la productividad, y esto debería servir de guía para introducir los otros factores mencionados previamente. Las personas empleadas que están sanas se presentan a trabajar físicamente capaces de hacer su trabajo con concentración y resistencia. Si el personal se siente bien, podrán participar mejor y realizar las tareas. Invertir en la salud y el bienestar de las personas empleadas agrega costos a corto plazo, pero es más probable que la empresa (y la sociedad) obtenga los beneficios de estos gastos con una mayor productividad y una mejor calidad del trabajo. El deterioro de la salud, trabajar en condiciones de enfermedad (aguda y/o crónica), dedicar tiempo vital de más a preocuparse de la gestión de la propia salud (y de la de las personas cercanas) son cargas que empeoran el desempeño en el trabajo. Por lo tanto, el “encarecimiento” del acceso a la sanidad (por reducción de recursos públicos, listas de espera indefinidas, falta de profesionales, etc.) supone un empeoramiento de las condiciones en las que las personas llegan y desempeñan su trabajo. Esto sucede tanto en términos individuales como en términos agregados, y supone un problema estructural para la economía. Para una determinada estructura económica, como la de un país, la pérdida de productividad relativa respecto a su óptimo socava sus posibilidades de progreso socioeconómico. Cuantos más recursos dedica una sociedad a proporcionar personas trabajadoras en buenas condiciones a los procesos productivos, tanto en términos económicos (monetarios) como en términos de esfuerzo, menos eficiente es en la generación de bienes y servicios. Esta situación empeora en la medida en la que se pierden o desaprovechan recursos en el proceso de mantener la salud de las personas trabajadoras. En el caso de la educación y la formación ocurre algo similar. Cuanto mejor y menos costosa sea la educación y la formación de las personas de una sociedad, mejor puede llegar a ser su productividad. Y esto depende de dos ámbitos interconectados: el bienestar familiar y las condiciones del sistema educativo y formativo. Del bienestar de la familia, o del entorno más cercano, que realiza las labores de crianza y cuidados en las primeras etapas de